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Características y estructura

En términos descriptivos, los árboles son plantas, provistas de raíces, troncos y copas.

  1. Características y estructura
  2. El valor y cuidado de los árboles

Cada árbol tiene al menos un tronco, que es el que sostiene toda la estructura del árbol, y que termina en una copa, formada por la serie de ramas que nacen del tronco, y que también se subdividen en otras más finas, donde se encuentran las hojas y las yemas de crecimiento. Cuando no existe ramificación, como en el caso de las palmeras, que sólo tienen un penacho de grandes hojas en su extremo superior, no se habla de tronco sino de estipe.

La altura de los árboles respecto al suelo varía según la especie de la que se trate. El tronco de la mayor parte de los árboles aumenta alrededor de 2,5 centímetros anualmente. Es importante señalar que tanto el tronco como las ramas y las raíces sólo pueden crecer a partir de sus extremidades.

Las hojas son las generadoras de energía del árbol, a través de la fotosíntesis. Como el resto de las plantas, ocupan la luz solar (captada mediante el pigmento que les da su color verde, la clorofila) para convertir el dióxido de carbono y el agua en azúcares. Estos pueden ser utilizados como combustible (energía) o como celulosa, materia que forma las células del árbol, y a la que se une la sustancia que forma la madera, la lignina.

Al igual que la gran mayoría de las plantas, los árboles hunden sus raíces en la tierra, desde donde extraen las sales minerales de las que se nutren. Al interior del tronco hay un doble sistema conductor, constituido por los vasos leñosos o xilema, que transporta el agua y las sales minerales desde el suelo a las ramas y hojas, y los vasos del líber o floema, que llevan la savia y los azúcares fabricados en las hojas, mediante la fotosíntesis, a los demás tejidos del árbol.

En el caso de los especímenes de mayor edad, se puede apreciar la siguiente estructura en los troncos:

Corteza: es la zona externa. Su contextura porosa e impermeable protege y aísla al árbol del frío y la sequedad. Está constituida por tejido muerto, más conocido como súber o corcho. Su grosor va aumentando de acuerdo a la edad del árbol.

Líber: delgada capa que cumple funciones de sostén y conductoras (floema).

Duramen: capa presente sólo en algunas especies. Tejido interno duro y muerto, que debido a la estratificación de las sustancias resinosas adquiere un tinte oscuro y una enorme resistencia a la putrefacción.

Cambium: tejido vivo que cubre la parte leñosa, cuya reproducción determina el crecimiento del tronco, ramas, ramillas y raíces. El cambium crece hacia afuera, por lo que va formando nuevos anillos de crecimiento cada año.

Durante la primavera se forman conductos más amplios, que le dan un color más claro al leño respecto al verano y otoño. Estas capas de albura -por su color claro- se alternan con las del duramen, dando origen a estos anillos, visibles en algún corte del tronco.

Los anillos son menos evidentes en algunos árboles y, en las especies ubicadas en los trópicos pueden estar ausentes del todo, porque su crecimiento es igual durante todo el año.

Leño o madera: contiene los finos haces conductores que ya conocimos como xilema.

La estructura de la raíz varía según la especie. En algunos casos son axonomorfas -la raíz principal tiene un mayor desarrollo que las secundarias, y en otros, fasciculadas -apenas se diferencia entre principal y secundarias-. La mayoría de los árboles que crecen en climas fríos y templados presentan una micorriza, que es el resultado de la simbiosis -asociación de dos organismos de la que ambos sacan provecho- del micelio de un hongo -especie de red que le permite alimentarse- y las raíces de una planta.

Los hongos ayudan al árbol a asimilar los compuestos orgánicos, y al mismo tiempo este favorece su fructificación.

Las ramas crecen hacia afuera desde cada brote que se renueva. Muchos árboles llegan a ser inmensos, como la secuoya de California, que puede alcanzar los cien metros de altura y vivir incluso tres mil o cuatro mil años. De los árboles que hay en Chile, los más altos son la araucaria, que puede llegar a los 45 metros, y la lenga, que puede sobrepasar los 40. En cuanto a su longevidad, destaca el alerce, que puede vivir más de tres mil años.

Respecto al grosor del tronco, el baobab, árbol típico de la sabana arbustiva africana, supera los treinta metros de circunferencia. Los eucaliptos, originarios de Australia, sobrepasan los seis metros de diámetro.

Árboles exóticos

Además de los árboles y arbustos nativos, aquellos que son propios del territorio chileno, en nuestro país también hay muchas especies introducidas. Estas fueron traídas desde el extranjero con fines productivos, para la obtención de papel, madera y frutos, entre otros productos, o con propósitos ornamentales. Las principales especies introducidas con fines productivos son el pino insigne, eucalipto, álamo, encina, aromo, pino oregón, nogal, olivo y el ciprés macrocarpa. Entre los árboles que se trajeron con fines ornamentales están: el abedul, abeto, arce, cedro, jacarandá, sauce llorón, magnolia, paulonia, plátano oriental, tulipanero, tejo o taxus, perno, ginkgo, liquidámbar, laurel de comer y falsa acacia.

Las etapas de un árbol

Con el paso de los años, los árboles se van haciendo cada vez más altos y voluminosos, proceso nada fácil de sobrellevar si se considera que la madera es una materia maciza que no se puede extender sin quebrarse.

El tejido que permite el crecimiento en grosor de troncos y ramas se denomina cambium, y es una delgada capa de células vivas que se encuentra formando un anillo. Esta estructura produce dos tipos de células, que conforman tubitos conductores: el xilema hacia adentro, y el floema hacia afuera. El primero conduce la savia bruta (agua y sales minerales) hacia las hojas, mientras que el segundo distribuye la savia elaborada (agua, almidones y otras substancias alimenticias) desde las hojas al resto del individuo. Cuando las células del floema alcanzan la superficie, mueren, formando una corteza. Por el contrario, las células más leñosas del xilema, producidas hacia adentro se endurecen con el tiempo transformándose en la madera que todos nosotros conocemos y utilizamos para muchos fines (leña, mobiliario, construcción, celulosa, papel). La corteza de algunos árboles, como las hayas, es muy fina, pero en especies como robles o pinos la corteza forma capas muy gruesas, que comprenden a veces varios centímetros. Esta corteza también puede ser usada por el hombre, como es el caso del corcho, que se obtiene de la corteza del alcornoque. Además, la corteza sirve a los árboles para soportar fenómenos como las altas temperaturas. La encina de la región mediterránea ha desarrollado una corteza tan resistente y poderosa que incluso es capaz de soportar los incendios de matorrales en el sur de Europa.

Los árboles han solucionado el problema del peso de su misma madera mediante las formas que adoptan, lo que les permite amortiguar y compensar su alto crecimiento.

El aumento en grosor de los árboles no ocurre siempre con la misma intensidad, dependiendo de la especie de que se trate y de las condiciones climáticas de cada año. El crecimiento anual en grosor se refleja en los llamados anillos de crecimiento que podemos observar en un tronco cortado.

Los anillos indicadores del tiempo

Los anillos de crecimiento de los árboles se van superponiendo unos sobre otros. Por eso, cuando ves un pedazo de tronco es posible observar una serie de estos anillos, número que refleja la edad de los árboles. Sabiendo esto, se puede calcular cuántos años tiene un árbol y, dependiendo de la anchura de los anillos, saber si la época de crecimiento fue favorable o desfavorable. Los anillos anuales son los indicadores de la edad de los árboles.

¿Escuchaste alguna vez el cuento Juanito y las habichuelas mágicas? En este relato de autor anónimo, Juanito, el protagonista, siembra una semilla que origina una planta tan grande que llega al cielo. A pesar de que este cuento es solo ficción, sirve para ilustrar una pregunta que seguramente te habrás hecho: ¿por qué los árboles no siguen creciendo eternamente?.

La respuesta es fácil: como todos los seres vivos, los árboles también cumplen un ciclo, y después de un tiempo empiezan a envejecer y finalmente mueren. En las especies de crecimiento acelerado, como los álamos y sauces, a los 30 años ya se hacen visibles los signos de la edad; en cambio otros, como el alerce, a los 30 años aún son árboles muy jóvenes y sólo son adultos pasados algunos cientos de años.

El ciclo de los árboles puede clasificarse en etapas. La primera etapa o etapa de desarrollo es en general la más larga, y durante ella el árbol crece uniformemente y aumenta la madera producida. Al final del ciclo el crecimiento se hace más lento y el aumento de masa se detiene, con lo que el árbol entra en una segunda etapa o fase de equilibrio que puede durar muchos años. El crecimiento anual renueva las pérdidas; de lo contrario, con el aumento de la edad y las pérdidas crecientes, se eliminaría más madera (como consecuencia de los fenómenos de descomposición) de la que se puede reemplazar. De esta manera, el árbol se pudre y ahueca por dentro, luego penetran hongos que se multiplican y destruyen la madera del tronco. Con la descomposición (etapa final), las materias minerales que el árbol ha reunido a lo largo de su vida empiezan a liberarse, contribuyendo a la formación del humus.

El valor y cuidado de los árboles

Un solo árbol es un complejo ecosistema que mantiene a numerosas especies de invertebrados (insectos, arácnidos, miriápodos), así como vertebrados (aves, reptiles y mamíferos), que encuentran en él su alimento, por medio de las hojas, yemas, brotes o frutos, y refugio.

Sobre su corteza crecen hongos, líquenes y plantas parásitas (que se nutren de su savia) y epifitas (crecen sobre ellos, pero no les hacen daño), como las lianas, que los utilizan como punto de apoyo para acceder a las alturas donde abunda la luz. Entre las raíces abundan las larvas de los insectos, los gusanos que viven en el subsuelo, los ácaros y los roedores.

En las regiones frías, las coníferas mantienen a roedores y aves. En las sabanas de África son fundamentales en la dieta de los herbívoros ramoneadores (que son aquellos que se alimentan de las hojas y de los brotes de las ramas). En las selvas contribuyen a formar un ambiente húmedo donde se multiplican plantas y animales. En las zonas templadas, el árbol es una de las mayores fuentes de riqueza, en el ámbito de la explotación forestal.

Para el hombre, el árbol tiene un importante valor económico, ya que de él obtiene distintos materiales que comercializa. La madera se utiliza como tablas para la construcción; su pulpa permite la confección de una gran diversidad de papeles; además proporciona el corcho, las resinas y el látex -líquido segregado por algunos árboles, como el del caucho-, las gomas, los barnices, el tanino y la cola.

A todo lo anterior, hay que sumarle la importancia de los árboles frutales, cuyo cultivo se inició la primera vez que se plantaron semillas deliberadamente. Desde entonces, se han mejorado las calidades y creado nuevas variedades. Por ejemplo, de la manzana, que en su forma silvestre es pequeña y amarga, el hombre ha creado más de mil variedades, mucho más grandes y dulces.

Cuidados

Los árboles pueden ser dañados o deformados por la sobrepoblación, las enfermedades y la exposición al viento y la lluvia, por lo que al cultivarlos -para el uso de su fruta o madera- es necesario mantenerlos sanos.

La entresaca, o corte de algunas ramas, hace que los árboles crezcan más espaciados y se desarrollen mejor, porque no tienen que competir por la luz y los nutrientes.

Las podas -cortes parciales- y el injerto -se insertan brotes de la misma planta que surgieron de la poda, para mejorar sus frutos o robustecer su tronco- ayudan a dar forma al árbol y aumentan su producción de frutos.

También se usa la tala, que consiste en el corte del árbol a ras de tierra para que produzcan grupos de ramas rectas que después serán utilizadas como postes o en la confección de cercos.

En el caso del desmoche, se corta la copa de los árboles para obtener ramas largas y rectas desde los brotes, que quedan a un altura que impide que el ganado o algún otro animal los dañe. Por ejemplo, los sauces desmochados producen varillas flexibles que se utilizan para la fabricación de cestas.