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Enrique Campino nació en 1794. Algunas fuentes señalan que fue en La Serena, y de acuerdo a otras, en Santiago. Sus padres fueron Magdalena Salamanca y Andrés Campino. Se incorporó al ejército en 1810.

En 1811, formó parte de las tropas que sofocaron el motín liderado por el coronel realista Tomás de Figueroa. Su carácter indisciplinado obligó a O’Higgins a separarlo del ejército en 1814. El Libertador lo calificó como una persona vana, orgullosa, desobediente, ignorante y ambiciosa.

Después del Desastre de Rancagua debió emigrar a Mendoza, donde se incorporó al Ejército de Los Andes, luchando en las batallas de Chacabuco y Maipú. Posteriormente, se incorporó a la Expedición Libertadora del Perú y, entre 1825 y 1826, participó en las campañas de Chiloé.

En 1827 se apoderó del Gobierno, pero fue reducido. Fue diputado en varias oportunidades, Intendente de Santiago y senador.

Murió en Santiago en 1874.

El motín de Campino

Este golpe -destinado a derribar al gobierno que encabezaba Agustín de Eyzaguirre- se inició en las primeras horas del 25 de enero de 1827, cuando Campino asumió el mando de las tropas de Santiago. Luego, depuso a Eyzaguirre y se instaló en la sede de gobierno. Desde allí dictó varias ordenes de detención en contra de ministros de Estado y otros personajes, tales como Diego Portales, Juan de la Cruz y Manuel José Gandarillas.

El Congreso solicitó la presencia del sargento mayor Nicolás Maruri para que restableciera al gobierno con su cuerpo militar, pero este expresó que sólo obedecería las ordenes de Campino.

En consecuencia, el Congreso comisionó a José Miguel Infante y al presbítero Juan Fariñas para que se entendieran con Campino, quien los recibió, pero no les prestó mayor atención.

Tensión en el Congreso

Acto seguido, se dirigió al edificio legislativo, al que ingresó sin desmontar de su cabalgadura y desde ella exigió la disolución del cuerpo representativo. Como su demanda no fue aceptada, se retiró indignado y amenazó con disolver a balazos la reunión. Las tropas ingresaron a la sala, y como ningún parlamentario obedeció la orden de desalojo, se les amenazó. Todos salieron, menos Diego José Benavente, quien permaneció en su asiento.

Uno de los presentes se abalanzó sobre uno de los militares, arrebatándole su sable y lanzándose en contra de la tropa. Los soldados empezaron a vacilar y, finalmente, no obedecieron las órdenes de su superior. Normalizada la situación, se acordó entregar el mando a Ramón Freire.


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