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Bernardo iba rumbo al Perú, tierra de la cual casi no había oído hablar, alejándose de todo lo que él quería. Pero no estaba triste … Tal vez era la costumbre, porque no era la primera oportunidad que en sus 12 años debía dejar todo cuanto amaba.

Mientras el barco lo alejaba cada vez más de su patria y de los suyos, Bernardo Riquelme repasaba lentamente sus 12 años de vida. El primer tiempo sólo podía armarlo con retazos de recuerdos y por el relato de terceros.

Nadie le ocultó que era un «guacho», hijo natural de don Ambrosio O’Higgins, gobernador del reino de Chile y que su madre era doña Isabel Riquelme, una criolla que a los 18 años creyó en una promesa matrimonial del viejo coronel irlandés.

Doña Isabel había conocido a don Ambrosio cuando éste acampaba con su regimiento de Dragones cerca de la Estancia de Papal, de propiedad de don Simón Riquelme, su padre.

Isabel se sintió atraída por el maduro oficial que superaba en diez años la edad de su propio papá.

Quizás en don Ambrosio también hubo una chispa de ternura por la morena adolescente de ojos azules. Sin embargo, los fríos cálculos de su cabeza de ingeniero pudieron más. No podía contravenir la prohibición real de contraer matrimonio con una criolla, bajo la pena de cortar su carrera. Así, la promesa de matrimonio no sólo no fue cumplida sino que además, su hijo recién nacido, fruto de esa relación fugaz, le fue arrebatado por su padre.

Don Simón Riquelme de la Barrera y Goycochea debía ocultar, a como diera lugar, esa vergüenza que mancilaba su familia de viejo abolengo criollo.

Bernardo recordaba vagamente la casa de campo de propiedad de doña Juana Olate, donde fue mandado a criar por su abuelo, en las inmediaciones de Chillán. A doña Juana, él le llamaba mamá, y fue feliz correteando entre animales y árboles frutales.

Un día, sin embargo, Bernardo fue arrancado violentamente de allí. Tres soldados del Regimiento de Dragones de la Frontera, que los esperaban al regresar de sus juegos, se lo llevaron del que hasta ese instante fuera su hogar.

Apenas si alcanzó a despedirse de doña Juana, pero vio las lágrimas en los ojos de la mujer con la que pasó los primeros cuatro años de su vida.

La tristeza que lo embargó en ese instante fue pronto olvidada. Sentado en el borrén delantero de la montura, Bernardo no sintió las horas de viaje. Apegado contra el pecho del soldado y envuelto en el grueso capote, vio desfilar ante sus ojos, paisajes nunca antes vistos. Con los años sólo pudo entender que fueron largas horas las que pasó así, haciendo el trayecto entre Chillán y Talca.

Una nueva familia esperaba allí a Bernardo.

Su padre, don Ambrosio, comienza a tener injerencia en su vida ordenando el traslado del niño al hogar de don Juan Albano Pereira.

El la conciencia del hidalgo irlandés, que ascendía rápidamente en su carrera, pesaba el fruto de su palabra empeñada a una joven mujer y jamás cumplida. Y por ese sentimiento de culpabilidad, pero exento de ternura, se prometió asegurar el futuro de la criatura.

Bernardo fue recibido con amor en el hogar formado por don Juan Albano y su esposa Bertolina, que se esmeraron en darle al niño el calor de una familia.

El nacimiento de un hijo del matrimonio, cinco meses después, fue aprovechado para que Bernardo recibiera también los santos óleos. Fue bautizado como Bernardo Riquelme y con ello quedó sellada su condición de «guacho».

«Conocerás a tu padre»

Los seis años pasados en el hogar de Juan Albano fueron tiempos de tranquilidad, de familia y de afectos. Sin embargo, la figura del desconocido padre siempre estaba presente. «Un hombre extraordinario, progresista y laborioso», como lo definía don Juan Albano y que se esmeraba en destacar ante el niño.

Un día Bernardo fue sorprendido con una noticia.

Su padre había sido nombrado Gobernador del Reino y anunciaba una pronta visita. Los días a la espera de ese primer encuentro fueron de sentimientos encontrados. Ansiaba conocer a su padre, pero algo de ello le llenaba de tristeza.

Por fin llegó ese día.

El joven nunca pudo olvidar cuando, recién cumplidos los diez años, fue presentado a su padre que tan friamente había decidido su vida hasta ese momento. Le parecía fugaz ese instante en que fue llevado ante la presencia de ese señor corpulento y casi colorín que le extendió su mano para que se la besara.

Bernardo, entre aturdido y emocionado, respondió torpemente las preguntas que le dirigió ese hombre al que todos admiraban y rendían pleitesía.

Era el Gobernador del Reino. Pero antes que nada ¡era su papá!. Y un sentimiento de profunda emoción inundó el corazón del niño.

Sin embargo, sería la única vez en su vida que vería a su padre. Luego, sólo sabría de él por el envío de dinero para pagar sus estudios y nuevas abruptas decisiones que lo arrancarían de golpe de cuanto lugar comenzara a arraigarse.

La visita de su progenitor a la hacienda de don Juan Albano, significó otro cambio. Pocos meses después , el joven fue interno al Colegio de Naturales. De esta forma don Ambrosio ponía fin a la «copucha» difundida en Talca y otros lugares sobre la existencia de su hijo bastardo.

La familia Riquelme, sabedora de la permanencia del niño en la ciudad, no escatimó esta vez su cariño. Su propia madre, viuda de don Félix Rodríguez Rojas, con quien se había casado poco después del nacimiento de Bernardo, no perdió oportunidad de visitar a su hijo. Entre Bernardo y Rosita, su hermanastra, surgió un verdadero amor de hermanos.

Fue en ese lugar donde Bernardo Riquelme comenzó a conocer a los araucanos, a adentrarse en su situación de marginados y a aprender a hablar fluidamente el mapuche.

Sin embargo, sólo un par de años pudo gozar del amor de su familia…

Don Ambrosio, con el mayor sigilio, dispuso que el niño fuera sacado del internado y embarcado rumbo al Perú…


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