Los califatos

Cuando Mahoma murió no dejó ninguna regla para el futuro gobierno de la comunidad musulmana. Fue entonces elegido su suegro Abu-Bekr con el título de califa (sucesor del Mensajero de Dios). Después, todos los sucesivos gobernantes fueron llamados califas.

  • Segundo Ciclo
  • Última actualización: 19/05/2010
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La conformación de los califatos

Puerta del palacio omeya en la ciudadela de Amán.

Puerta del palacio omeya en la ciudadela de Amán.

Mahoma no dejó herederos varones que le sucedieran en el poder, situación que generó una crisis política que solo pudo ser resuelta con la elección de Abu-Bekr, suegro del profeta y encargado de dirigir la oración como primer califa (título de los príncipes sarracenos sucesores de Mahoma). Antes de morir, Abu Bekr designó a Omar ibn al-Jattab, quien fue asesinado diez años más tarde. Le sucedió Otmán ibn Affan de la familia omeya, que ocupó el poder hasta el año 656, cuando también murió asesinado. Finalmente, Alí ibn Abu Talib, yerno de Mahoma, asumió el califato. Con los primeros cuatro califas, denominados legítimos u ortodoxos, la religión islámica inició su expansión y, como ya dijimos, las regiones de Siria, Persia y Egipto fueron las primeras en ser conquistadas.

A la muerte de Alí, el Islam se dividió. La familia omeya se impuso en el califato de Damasco, pero no fue reconocida por los chiítas (sectarios), quienes, en 750, obtuvieron el califato para los descendientes de Alí pertenecientes a la familia abasí, que gobernaron desde la ciudad de Bagdad.

Los califatos que se organizaron durante la expansión musulmana fueron los siguientes:

Califato Omeya

Se extendió entre los años 661 y 750. Durante este califato se trasladó la capital islámica desde Medina a Damasco, creándose una realeza árabe. Se introdujo el principio de que cada califa, antes de fallecer, debía nombrar a su hijo como heredero. El sistema administrativo y fiscal que se instauró ayudó a incrementar las riquezas del imperio mediante el cobro de mayores impuestos a los súbditos no musulmanes de los territorios anexados. Esta dinastía no estuvo exenta de inconvenientes, pero así y todo logró crear los cimientos de la civilización musulmana, que derivó en un gran desarrollo de las ciencias jurídicas y teológicas.

Bajo el califato Omeya el imperio musulmán alcanzó su máxima extensión.

Califato Abasida

Cuando asumió este califato, la capital del imperio musulmán se trasladó a Irak, específicamente a Bagdad. Los abasidas, que eran descendientes de Abas, tío de Mahoma, se convirtieron en los restauradores de la tradición musulmana, que supuestamente había sido traicionada por los omeyas. La época de mayor desarrollo de esta dinastía correspondió al período de Harún al Rashid, cuando Bagdad se convirtió en el centro de una intensa actividad cultural que influyó en el desarrollo de la civilización cortesana y urbana del Islam. Asimismo, fue una época de gran prosperidad intelectual y comercial. Luego de la muerte de Harún al Rashid, ocurrida en el año 809, intereses personales provocaron el fraccionamiento del Islam en principados autónomos que aceleraron la división del poder abasida. Fue así como en 929 el emirato andalusí se convirtió en califato independiente, y los reinos del Magreb se hicieron prácticamente autónomos. En este mismo período, cada una de las familias del Islam creó un reino. De esta manera el califato Omeya se consolidó en Córdoba; los descendientes del califa Alí y su esposa Fátima (hija de Mahoma) se instalaron en Egipto. En Bagdad, en tanto, el imperio abasida se mantuvo hasta 945, cuando cayó bajo la dependencia del chiita Ahmad al-Buyí.

Califato Omeya de al-Andalus

Así se conoce la zona de ocupación musulmana en la Península Ibérica, que abarcó desde el siglo VIII hasta finales del XV y llegó a comprender gran parte del actual territorio español. Entre los años 756 al 929 se sucedieron ocho emires, hasta que Abderrahman III decidió fundar un califato y declararse Emir al-Muminin (príncipe de los creyentes), lo cual le otorgaba, además del poder terrenal, el poder espiritual sobre la umma o comunidad de los creyentes. Este califa y su sucesor al-Hakam II, supieron favorecer la integración cultural entre bereberes, árabes, hispanos y judíos. Igualmente, tranquilizaron a la población, pactaron con los cristianos, construyeron y ampliaron numerosos edificios, entre ellos la Mezquita de Córdoba, y mantuvieron contactos comerciales con Bagdad, Francia, Túnez, Marruecos, Bizancio, Italia y hasta con Alemania. Pero no todos los sucesores siguieron las normas de estos destacados califas y en el año 1031 se abolió el califato.

Más tarde, la división se hizo presente en al-Andalus, pues todas las grandes familias árabes, bereberes y muladíes quisieron tomar el poder; surgieron entonces en distintos lugares los taifas, que se erigieron como dueños de los principales reinos musulmanes. Esta división solo precipitó el inicio del fin de al-Andalus, cuando los cristianos se organizaron para combatir a los musulmanes. La primera gran victoria sobre el Islam peninsular la protagonizó Alfonso VI cuando, en 1085, se apoderó de la importante ciudad de Toledo. Entre tanto, a finales del siglo XI, en el Magreb occidental (hoy Marruecos), surgió un nuevo movimiento político y religioso que fundó la dinastía almorávide.

Los almorávides lograron formar un imperio que abarcaba el norte de África y al-Andalus; además de conseguir la desaparición de los primeros taifas. Tras el hundimiento del poder almorávide, a mediados del siglo XII, surgieron los segundos taifas. Su efímera existencia terminó con la invasión almohade, una dinastía musulmana bereber, en 1157. La derrota almohade en la batalla de Navas de Tolosa en 1212, favoreció la aparición de los terceros taifas, pero de ellos solo sobrevivió el reino nazarí, cuyo rey Boabdil Abu Abd Allah capituló en 1492 ante los Reyes Católicos, devolviéndoles Granada. Finalmente, en el año 1610 tuvieron lugar las últimas expulsiones masivas de moros y judíos.

El yihad o Guerra Santa

El Islamismo posee, dentro de sus principios, el concepto de Guerra Santa o yihad. Dicho término se entiende como “el máximo esfuerzo” que una persona debe realizar para conseguir un objetivo religioso, lo que generalmente se traduce en una guerra contra cualquier cosa que no sea buena. Para la mayoría del pueblo musulmán existen dos tipos de yihad: el mayor y el menor.

El yihad mayor (también conocido como yihad al-nafs) es entendido como la lucha interna e individual contra el vicio, la pasión y la ignorancia. El yihad menor posee el sentido de una lucha en contra de las tierras y súbditos considerados infieles o no musulmanes. Según la creencia de los musulmanes, quienes mueren en el yihad se convierten en mártires de la fe y se les otorga un lugar especial en el paraíso.

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