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Copesa

Ciencias Naturales, Tierra y Universo

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Las explosiones estelares

El fenómeno de la explosión de una estrella se conoce como supernova, y es muy poco frecuente en una galaxia.

Las estrellas viven sus vidas transmutando (transformando) hidrógeno en helio, y obteniendo con ello la energía suficiente para mantenerse brillando. Al agotarse el hidrógeno en el núcleo, transforman el helio en carbono, y posteriormente, si su masa supera en más de ocho veces la masa del Sol, transmutan carbono en oxígeno, neón, luego magnesio, silicio, azufre, etc., hasta llegar a formar un núcleo de hierro, cobalto y níquel. En ese momento la estrella consumió todo su combustible nuclear.

Una posterior contracción de sus zonas centrales le causará un colapso, la estrella implota (se desploma hacia adentro) para rebotar y explotar, causando un aumento brutal de la temperatura, que sirve para sintetizar una serie de elementos químicos más pesados que el hierro.

El fenómeno de la explosión de una estrella, que como ya se ha dicho anteriormente se conoce como supernova, es muy poco frecuente en una galaxia. Se puede observar por algo más de un mes, cuando se hace unos diez mil millones de veces más brillante que el Sol. En términos absolutos, jamás una supernova observada en tiempos históricos ha superado en brillo aparente -esto es, tal como se la observa desde la Tierra- al planeta Venus, tal vez con la excepción de una observada por los árabes, que llegó a rivalizar con la Luna en cuarto.

Antiguamente se llamó novas, esto es, estrellas nuevas, a las estrellas que -aparecen súbitamente en el cielo-, pues se pensaba que eran verdaderamente nuevas. Hoy se sabe que son estrellas viejas que aumentan bruscamente su brillo. En su máximo brillo, las novas ordinarias son diez mil veces menos brillantes que las supernovas; de ahí que a estas últimas se les agregara el prefijo “súper” para distinguirlas.

Contaminadoras

Al arrojar violentamente la mayoría de su masa al espacio, incluidos los elementos químicos pesados formados durante la explosión misma y los sintetizados en el interior de la estrella en el curso de su vida, las supernovas ensucian las nubes de gas que aún no forman estrellas, convirtiéndose en los grandes agentes contaminantes del espacio cósmico.

Pese a que los tamaños de las galaxias son muy grandes, la velocidad de la explosión de una supernova, de hasta 10.000 kilómetros por segundo, le permite avanzar una gran distancia en un número pequeño de años (la onda de la explosión recorre un año-luz en treinta años). Al cabo de unos pocos miles de años, el gas rico en elementos químicos pesados se ha mezclado totalmente con el gas interestelar.

Se calcula en casi mil millones de años el tiempo de formación de una galaxia grande como la nuestra. En ese lapso hay tiempo suficiente para que nazcan, vivan y mueran varias generaciones de estrellas de gran masa, cuya vida media es muy corta, menor que diez millones de años. Por lo tanto, pese a que el gas que contenían inicialmente las galaxias era limpio, con solo hidrógeno y helio, durante la formación de las estrellas se fue contaminando, por lo que nacieron muy pocas estrellas con una composición química parecida a la del Big Bang. La contaminación es rápida y muy eficiente.

El Sol es una estrella que nació mucho después que la galaxia. En su disco o superficie quedó una gran cantidad de gas remanente y en él, por la rotación de la galaxia, se formaron ondas espirales, como las que se forman en una taza de café cuando revolvemos el azúcar en ella. Al pasar por una nube de gas interestelar, esa onda espiral se comprimió y la transformó parcialmente en una estrella.

Hace 4.600 millones de años, en un lugar de la galaxia de cuyo nombre no ha quedado registro, se inició la contracción de una nube que, a la larga, se haría famosa, pues dio origen al Sol y su sistema asociado; a la Tierra, entre otras cosas minúsculas, y entre ellas, mucho tiempo después, a ustedes y a nosotros.