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Copesa

Época contemporánea, Historia, Geografía y Ciencias Sociales

Segundo Ciclo

La revolución rusa

Durante todo el siglo XIX, los zares mantuvieron a Rusia bajo un tipo de monarquía absoluta calificada como autocracia. Pero ya antes, los liberales de Rusia se habían constituido en un sector fuertemente crítico del poder zarista y de la injusticia social del país.

En 1860, y bajo el reinado de Alejandro II, se puso fin al feudalismo y se aplicó una política reformista. Pero todas estas reformas eran insuficientes para sus opositores.

En 1881, el mismo día en que el zar moría víctima de un atentado, se aprobó una Constitución que llevaría a Rusia un régimen representativo. Pero los sucesores de Alejandro II (Alejandro III y Nicolás II) jamás aplicaron dicha Constitución y volvieron a gobernar bajo un régimen del terror.

Así, el Estado se mantuvo como una autocracia real, cuyo poder político era respaldado por el ejército y la burocracia. Nicolás II, que ascendió al trono de Rusia en 1894, creía que su poder venía de Dios y que debía ejercerlo sin ninguna concesión.

Los últimos Romanov

La familia que dio a Rusia tres siglos de gobernantes autocráticos, la dinastía de los Romanov, quedó trágicamente descabezada con el advenimiento de la Revolución Rusa. La familia Romanov provenía de un noble lituano que emigró en el siglo XIV. Uno de sus descendientes, Román Yurev, casó a su hija Anastasia Romanov con el zar Iván IV (“el Terrible”).

La familia adoptó el apellido Romanov en honor al padre de la zarina. Nicolás II -hijo y sucesor de Alejandro III-, el último zar, gobernó Rusia entre los años 1894 y 1917. Fue esposo de la zarina Alejandra Feodorovna y padre de Tatiana, Olga, María, Anastasia y Alexei. En julio de 1918, en plena revolución bolchevique, Nicolás II y su familia fueron fusilados en Ekaterinburgo. Los Romanov que no murieron en el transcurso de la revolución debieron partir al exilio o fueron ejecutados. Así terminaba esta antigua dinastía europea.

El ensayo general: la revuelta de 1905

El 22 de enero de 1905 (según nuestro calendario y 9 de enero, según el calendario juliano), una gran manifestación, que se reunió en Petrogrado (San Petersburgo) con el fin de pedir reformas al zar, fue disuelta a tiros por las tropas, produciéndose un millar de muertos. Esto fue lo que se conoció como la masacre del Palacio de Invierno o “Domingo sangriento”.

La indignación en toda Rusia fue grande. Las huelgas y la violencia se propagaron, los obreros aprendieron a organizarse y los soviets (consejos obreros) cundieron por todo el país.

En octubre de 1905, el zar aceptó un manifiesto redactado por el ministro Sergei Yuliévich, conde de Witteo de Vitte (el “manifiesto de octubre”), que ofrecía otorgar libertades civiles y convocar a una Duma o asamblea elegida por el pueblo. Pero cuando las protestas populares disminuyeron, las reformas se detuvieron. La Duma no tenía ningún poder real y los derechos civiles nunca se hicieron realidad.

Entre 1906 y 1914, el zar intentó gobernar como siempre lo había hecho.

Para 1914, la autocracia coexistía con crecientes movimientos políticos de tipo conservador, liberal y socialistas, que esperaban reformas políticas.

El desastre de la guerra

Rusia no estaba preparada para una contienda larga. El ejército zarista carecía de todo: de armamento moderno, de táctica y logística de combate y de eficaces cuadros de mando.

Así y todo, Rusia se vio implicada en una guerra imperialista en la que no jugaba ningún papel decisivo, más que el de comparsa de sus aliados occidentales. El soldado ruso no sabía por qué causa tenía que ir al frente y menos perder su vida en ello.

En medio del combate (1915), las fuerzas rusas fueron obligadas por los alemanes a replegarse hacia su territorio, sufriendo la pérdida de un millón de hombres (entre muertos y heridos), y de otro millón en prisioneros. Después de algunos triunfos contra los austríacos (1916), los rusos fueron repelidos frontalmente y perdieron otro millón de hombres.

La guerra no había hecho más que agravar los problemas en el país. Los soldados desertaban o se amotinaban, los obreros se iban a huelga y el pueblo tenía hambre. El régimen zarista tambaleaba.

Los rusos continuarían, a duras penas, hasta que, en 1917, los bolcheviques firmaron con Alemania el armisticio (2 de diciembre) y en 1918 sellaron la paz en el Tratado de Brest-Listovsk (3 de marzo), en el que Rusia perdía algunos territorios: Finlandia, Polonia, Ucrania, Bielorrusia y las repúblicas bálticas (Estonia, Lituania y Letonia).

Bolcheviques y mencheviques

No podría entenderse la revolución de 1917 sin considerar las diferencias que, desde la revolución de 1905, se marcaron en dos sectores de las fuerzas izquierdistas: los bolcheviques y los mencheviques. Los primeros, anarquistas liderados por Lenin, fueron elaborando una doctrina que les hizo considerar que podrían acelerar una evolución histórica que permitiera transformar a una sociedad rusa precapitalista en una socialista.

En su libro El Estado y la revolución (1917) postula la dictadura del proletariado como herramienta imprescindible para acabar con la opresión zarista y capitalista. Los mencheviques eran pura ortodoxia marxista. Creían que, previamente a la revolución del proletariado, debía producirse antes una democracia intermedia.

¿Sabías que?

Aunque el verdadero nombre de Lenin es Vladimir Ilich Ulianov, se le conoce así porque adoptó este seudónimo al estar deportado entre 1897 y 1900 en las proximidades del río Lena (en Siberia).