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Ciencias Naturales, Estructura y función de los seres vivos

2° Básico

Anatomía del insecto

Los insectos se encuentran en casi todas partes y son, en definitiva, quienes heredarán la tierra, ya que son capaces de adaptarse a todo tipo de terrenos, climas y formas de vida.

Todos ellos tienen su cuerpo dividido en tres partes: cabeza, tórax y abdomen; pero existen otros componentes muy importantes para el desarrollo global de su existencia.

Por su parte, el tórax se divide en tres porciones: anterior o protórax; media o mesotórax, y parte posterior final o metatórax, en cada una de las cuales van insertas dos patas, sumando seis en total. Por esto los insectos se denominan hexápodos (del griego hexa = seis; podos = patas). Al presentar alas, estas se ubican en el meso y metatórax. El abdomen, por su parte, puede llegar a dividirse en 11 porciones o segmentos, y es en los últimos donde se encuentran los órganos relacionados con la reproducción.

Hasta antes de ser adulto, un insecto crece, pero para ello debe eliminar y rehacer varias veces su exoesqueleto, formado en gran parte por una sustancia que le da resistencia, llamada quitina. Esta sustancia determina en gran medida los cambios o mudas durante la etapa juvenil. El esqueleto externo recubre todo el cuerpo del insecto, incluidas sus patas, ojos, antenas y tubo respiratorio o tráquea.

El cuerpo de la mayoría de los insectos mide entre 2 y 40 milímetros, aunque hay algunos que alcanzan un largo de casi 30 centímetros.

Veamos cuáles son las principales partes de las que se forman los insectos:

– El abdomen de un insecto contiene el aparato digestivo, el corazón y los órganos sexuales. Al igual que el resto de su cuerpo, está protegido por el exoesqueleto, que unido a una capa delgada de cera llamada cutícula permite la movilidad del insecto.

– En la cabeza se encuentran las piezas bucales e importantes órganos sensoriales, como los ojos compuestos y los palpos, que ayudan a reconocer gustos y olores.

– Los insectos poseen tres pares de patas articuladas que utilizan para andar, correr o saltar. Cada pata tiene cuatro partes principales: la coxa, el fémur, la tibia, y el tarso.

Las patas de los insectos tienen diferentes funciones, por ejemplo, las abejas tienen en sus patas traseras, unos pequeños saquitos donde almacenan el polen que van recolectando; los saltamontes pueden emitir sonidos con ellas, al frotarlas contra sus cuerpos; los grillos pueden presentar estructuras semejantes a oídos, etc.

Muchos insectos tienen patas para agarrar fuertemente, denominadas raptoras, como, por ejemplo: la mantis, que con ellas sujeta a la presa mientras se la va devorando. También pueden utilizarse en el apareamiento, para abrazar al individuo del sexo opuesto.

– Las antenas varían de forma y de tamaño; sin embargo, cualquiera sean sus características, estas poseen elementos sensoriales capaces de detectar movimientos del aire, vibraciones y olores.

Los ojos suelen ser de dos tipos: ojos simples y ojos compuestos. Los ojos simples se llaman ocelos. Son tres y se encuentran en el ángulo superior de la cabeza. Los otros, en cambio, son dos y se ubican a ambos lados de la cabeza del insecto. Aunque parezca increíble, algunos ojos compuestos pueden llegar a tener 30 mil unidades de visión, cada una de las cuales posee una córnea, un cristalino, retina, etc., lo mismo que posee el ojo humano.

Es por esta misma razón que los insectos son dueños de una visión privilegiada, ya que en un mismo instante son capaces de ver hacia el lado, el frente, atrás, arriba o abajo.

Pero es también diferente a la del ojo humano, puesto que las imágenes que forman tienen una constitución semejante a la de un mosaico. En cuanto a la visión de colores, son capaces de ver el ultravioleta, cosa que el hombre no puede hacer.

– Existen insectos cuyas alas, al estar en reposo, les ayudan a esconderse, camuflándose con el medio donde viven. Otros poseen alas con hermosos diseños, con forma de grandes ojos de lechuza, que sólo muestran cuando se ven atacados, escondiéndolos cuando se tranquilizan.

Los primeros seres vivos que volaron en la Tierra fueron los insectos. Básicamente, utilizaban el vuelo para trasladarse, siendo más fácil escapar del enemigo y más rápido conseguir el alimento. Más tarde, las alas también llegaron a tener relación con la conquista de una pareja, ya que al poseer llamativos colores ayudan a atraer a la pareja más difícil. La mayor parte de la energía para agitar las alas proviene de grandes músculos horizontales y verticales ubicados en el tórax. Al contraerse alternadamente, las superficies superiores e inferiores del tórax se acercan y luego se alejan, provocando un movimiento hacia arriba y abajo de las alas. Para determinar el rumbo del vuelo utilizan unos pequeños músculos ubicados en la base de cada ala, que rectifican el ángulo del aleteo.