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8 de abril de 2008

Reportajes

Candidato a la Presidencia se necesita

¿Existe o existía un candidato o candidata capaz de ponerse por encima del ramplón estilo de los tiempos, de su paupérrima visión de qué y cómo funciona un país, de la perdedora y estéril obsesión por los desposeídos y los vencidos, de su miedo a contradecir los clichés de progresismos a la moda, de su pánico a enfrentar los tropismos de la derecha, de su sumisión a todo lugar común? Creemos que no. Una persona así supone otra política, otros tiempos, otras crisis, otro pueblo, otra cultura, otro país.

Fernando Villegas


08/05/2005 00:00

El estólido debate de la semana pasada, los poco alentadores dichos y hechos de las dos precandidatas y del candidato, la presencia omnímoda de los ayudistas de cada uno de ellos con su fastidioso, fatigoso e incesante "coaching" basado en consideraciones de imagen, el predominio absoluto -en preguntas y respuestas, en el planteo de los problemas y en su ilusoria solución- del discurso política, social y culturalmente correcto, la banalidad del tinglado comunicacional, la mezquindad de las peleas en el interior de ambos conglomerados y, en fin, el aire de feria de entretenciones de balneario pobre que permea el completo espectáculo son, por cierto, completamente normales.

¿Qué esperaban?

Es intrínseco a la democracia el aproximarse en su estilo al de las festividades de un circo. Poderosa es en ella la tendencia a la banalidad y la demagogia. Al fin y cabo es de su esencia concitar el apoyo de un masivo electorado, es decir de los más, es decir de un alto porcentaje de gente que no se interesa en los asuntos de Estado más allá de su bolsillo, de ignorantes, de indiferentes, de apitutados comunes y corrientes sin otra ley que su ventaja, de ambiciosos de poca monta y de no pocos sino tal vez de muchos que pura y simplemente son unos tontorrones sin remedio.

Eso es lo normal, lo que cabe esperar. Es lo que hizo analizar estos temas a Aristóteles hace ya 2.300 años. Y ahora, por si eso no bastara, agréguense las tentaciones y necesidades y tecnologías de la época moderna, la imaginería infantil y sandez en gran escala que hace posible la TV, el potencial de engaño, mentira y confusión que permiten los spots comerciales y el control y seguimiento minucioso de estados de ánimo merced a las encuestas de opinión; el resultado de todo eso es por necesidad una política de baja calidad con actores que han de ponerse a la altura, esto es, a baja altura, a hacerle guiños a medio mundo, a evadir los temas, a no saber de los temas, a prometerle a cada santo una vela.

¿Qué esperaban?

El capitán Smith

He oído a gente afirmando que no importa, pues no se necesitaría tanta brillantez para ejercerse el cargo de Presidente de la República. Para eso gobiernan rodeados de equipos técnicos. Más relevantes serían la calidez y "la llegada" que el coeficiente de inteligencia, el saber y la visión. Es, además, dicen estos optimistas, un trabajo hecho sólo de rutinas. El propio Cervantes hace decir a don Quijote que "no es menester mucha habilidad ni muchas letras para ser gobernador pues hay por ahí cientos que apenas saben leer; el toque están en que tengan buena intención y deseen acertar en todo, que nunca les faltará quién les aconseje y encamine en lo que han de hacer...".

El problema es que Cervantes nunca conoció el caso del capitán Smith.

El capitán Smith era hombre experimentado. Eso en su caso significaba, como casi siempre significa, que había cumplido su pega en muchas ocasiones sin ningún incidente de nota. Su experiencia era no haber tenido ninguna. Y se confiaba en él. Nadie lo acusó jamás de ser una lumbrera, pero, ¿qué falta hacía?; para eso estaba rodeado del ingeniero de máquinas, del navegante, del radiotelegrafista, del segundo de a bordo, de vigías en las cofas, de buenos marinos y por añadidura el barco a su cargo era excelente. De modo que esa noche, aunque le dijeron que quizás había problemas en la ruta, dio orden de seguir a toda máquina y se fue a dormir.

El capitán Smith, ya lo habrán adivinado, era el capitán del Titanic.

Llamemos a eso, si me lo permiten, el síndrome del Titanic. Nos referimos a la tentación y tendencia de creer que no se necesita gran inteligencia para encabezar ninguna actividad, operación o empresa porque el 99,99% de las veces domina la rutina, los procedimientos establecidos, lo de costumbre. Lamentablemente de vez en cuando sucede lo del Titanic. Siquiera una vez se aparece un témpano por delante. O puede aparecerse. Y es en ese momento que se necesita a bordo con urgencia no al capitán Smith sino a uno capaz, pese a los años de rutina, de intuir el peligro, tomar medidas, no dormirse, planear por anticipado.

La nave del Estado navega ahora por aguas más o menos tranquilas pero se avizoran, se huelen, se adivinan variedad de témpanos por delante. Por nombrar sólo unos pocos: problemas con la vecindad que pueden llegar a ser muy agudos, problemas con la marginalidad interna en la forma de una delincuencia cada vez más violenta, problemas asociados al tema mapuche, problemas vinculados a la reaparición de grupos extremistas, problemas relacionados con la crisis de obra de mano calificada, problemas ambientales de magnitud catastrófica, problemas derivados de un colapso energético, problemas de nuevas crisis comerciales.

¿Tienen los actuales candidatos trazas de tener la magnitud necesaria para tomar la medida precisa que pida una crisis en medio de la habitual confusión de consejos diversos y contradictorios? ¿Para separar el grano de la paja? ¿Para sintetizar una multitud de elementos diversos en una sola visión y una sola medida en vez de una lista de 120 "prioridades"? ¿Para no perder tiempo en la emergencia con "nuevos estudios", "diálogos sociales, "discusiones valóricas" o "consultas a la nación"? ¿Para superar las visiones estrechas y falaces de las distintas "sensibilidades"?

Cuestión de roles

La respuesta a eso no es afirmar que "sí tienen lo necesario porque son personas inteligentes y quién es usted para calificar a nadie". El problema no es con las personas sino con los roles y la estructura que los crea y exige. El problema no es si a las damas y al caballero les alcanza el puntaje, sino si, sumidas en la condición que les imponen los tiempos, pueden hacer uso de dicho puntaje. Dicho de otro modo: la política actual, a su vez producto de la historia reciente y sus circunstancias, se hace con medios tan deleznables, tan mediocres, superficiales, populistas y entregados de cuerpo y alma a las sandeces del discurso políticamente correcto que por necesidad sólo pueden ascender, triunfar y prosperar los y las que se someten enteramente a esa exigencia de bajeza. Y entonces aun los originariamente superiores tienden a rebajarse por pasos sucesivos, a perder sus talentos, a confundirse. La machacona repetición de clichés, la ausencia de dilemas críticos, cierta blanda prosperidad y paz social y el contacto incesante con chantas del poder produce ese deletéreo efecto hasta en el más pintado. La mediocridad tiene un poder casi irresistible; es un tobogán engrasado y aceitado por el que se deslizan velozmente casi todos los trastes.

¿Podría alguien de gran estatura superar esa dificultad? ¿Existe o existía, en el papel, un candidato o candidata en capacidad de ponerse por encima del ramplón estilo de los tiempos, de su paupérrima visión de qué y cómo funciona un país, de la perdedora y estéril obsesión por los desposeídos y los vencidos, de su miedo a contradecir los clichés del progresismo a la moda, de su pánico a enfrentar los tropismos de la derecha, de su sumisión a todo lugar común?

Creemos que no.

Una persona así supone otra política, otros tiempos, otras crisis, otro pueblo, otra cultura, otro país.

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