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Mitos y leyendas de las zonas sur y austral

Leyendas de tradición mapuche

La cultura indígena del sur de Chile es muy rica. Sin duda alguna, este patrimonio se ha mantenido gracias que se ha transmitido boca a boca. A esta tradición oral del pueblo mapuche pertencecen estas leyendas que aquí presentamos.


Mitos y leyendas de Chile

Capítulo 39: Mitos y leyendas de las zonas sur y austral

Páginas
  1. Historias de tradición campesina
  2. Mitos y leyendas de Chiloé
  3. Historias de la Patagonia
  4. Prueba con alternativas
  5. Lo que debes saber

Imágenes

Tren Tren y Cai Cai

El mito de Tren Tren y Cai Cai sostiene que solo un grupo de mapuches habría sobrevivido a la gran inundación.

Copihue

La tradición mapuche tienen varias interpretaciones para el origen del copihue, que es nuestra flor nacional.

Batalla mapuche

Se dice que quienes quedaban esperando a los guerreros mapuches, que iban a combatir con los españoles, los lloraban desconsoladamente. Estas lágrimas se habían transformado en copihues.

Túnel Las Raíces

El túnel Las Raíces (en la imagen) atraviesa la cordillera del mismo nombre. En esta zona habría vivido el gigante Pehuencura.

Malalcahuello

Cerca de Malalcahuello se encuentra una de las piedras santas que hay en la Araucanía.

Pehuencura

Pehuencura (que significa Pehuén o Araucaria de piedra) era un mapuche de gran tamaño y fuerza.

Río Valdivia

En el río Valdivia estaría sumergida una misteriosa campana.

Vicente Pérez Rosales

Vicente Pérez Rosales encabezó las caravanas de colonos alemanes.

LÁMINAS

Pichi Juan

Zoom Pichi Juan era un indígena, que conocía muy bien los bosques sureños, y que guió a los colonos alemanes a encontrar tierras para asentarse.

Tren Tren Vilu y Cai Cai Vilu

Este mito mapuche describe cómo en un tiempo remoto había dos espíritus muy poderosos encarnados en gigantescas serpientes: uno era Cai Cai o Cai Cai Vilu (espíritu de las aguas), que agitaba el mar y odiaba al género humano, y el otro, Tren Tren o Tren Tren Vilu (espíritu de la Tierra), que miraba con afecto al hombre desde la cumbre de un cerro.

Un día Cai Cai, se propuso destruir a todos los seres, haciendo subir las aguas del mar de manera que se ahogaran.

Tren Tren, que desde la cumbre observó la retirada del mar que precede a un maremoto, se compadeció de los hombres, les avisó y les aconsejó dirigirse hacia las montañas para salvarse (junto con los animales). Es por ello que hizo crecer el tamaño de los montes, mientras Cai Cai hacía aumentar el nivel del mar.

Muchos animales, como pumas, zorros, llamas, huemules, torcazas y chucaos, corrieron y volaron juntos para lograr salvarse. Sin embargo, el hombre fue más lento, porque algunos no querían dejar sus tierras o querían partir con todas sus pertenencias; otros no creían que vendría la inundación y decían que “ya lo pensarían” o que “no pasa nada”.

Así fue que las aguas comenzaron a subir arrasando con todo a su paso, ahogando a los confiados y a los lentos. A algunas personas Tren Tren los convirtió en aves, peces y lobos marinos.

Finalmente, solo un pequeño grupo llegó a la cumbre. Estos serían los antepasados de los mapuches. Sin embargo, se les impuso otro castigo: sacrificar a uno de sus hijos arrojándolo al mar. Solo así se logró calmar la furia de Cai Cai y las aguas retrocedieron lentamente hacia sus playas.
Se dice que esta es la visión mapuche para el gran diluvio que relatan otras culturas. (Versión basada en la recopilación de Floridor Pérez)

El Copihue Rojo

Se cuenta que esta flor (a la que también llaman Largo Suspiro, por expresar el dolor indígena) habría tenido su origen cuando los guerreros mapuches partían a combatir con los españoles, por semanas y meses, dejando a sus mujeres solas. Estas, preocupadas por sus hombres, trepaban a los árboles más grandes para poder divisar, desde la altura, a los sobrevivientes de la refriega, y solo descubrían humo y muerte.

Entonces descendían llorando, mojando las hojas, y estas lágrimas se convirtieron en flor de sangre, que nació para recordar al indio que luchaba hasta morir. (Versión basada en la recopilación de Oreste Plath)

Una segunda versión dice que los mapuches sobrevivientes de las batallas subían a los árboles para ver el resultado de la lucha en la que estaban sus compañeros. Al observar que estos habían muerto y que solo reinaba la destrucción, derramaban lágrimas que se convertían en flores.

Así, los copihues permitían recordar a los espíritus de los caídos en batalla.

El copihue y los enamorados

Hay una leyenda que explicaría el origen del copihue rojo y que señala que en los bosques del sur vivió una hermosa niña llamada Rayén, la que estaba enamorada de Maitú, el guerrero más valiente de su clan. Ellos estaban comprometidos en matrimonio.

Un día, Maitú partió con los hombres a combatir a orillas del río Toltén. Rayén, como siempre, se subía a la araucaria más alta para ver el regreso de su amado. Pero los hombres demoraron todo un día y solo volvieron a la mañana siguiente, y Maitú no regresó.

La joven, destrozada, corrió al bosque a llorar su pena y sus lágrimas se convirtieron en flores de sangre que se colgaron en los árboles altos. Estas le dijeron a Rayén: “Nos diste la vida con tu pena; nosotras, junto al bosque, te daremos alegría. Acuéstate”. Rayén les hizo caso y se tendió en una alfombra roja que salió volando por los cielos al encuentro de Maitú. Desde entonces, florecen los copihues recordando el dolor de la muchacha y la valentía del guerrero que luchó hasta morir.

Otra historia dice que había una princesa mapuche llamada Hues y un príncipe pehuenche, Copih, quienes estaban enamorados, pero en secreto, porque sus tribus estaban enemistadas a muerte.

Un día, estando ambos en las orillas de la laguna Nahuel, fueron pillados por Copiñiel, el padre de la muchacha. Entonces, en ese mismo instante, los jóvenes fueron atravesados en el corazón por sus lanzas, muriendo ambos y hundiéndose en la laguna.

Al tiempo, los indígenas (mapuches y pehuenches), que estaban tristes por la pérdida de los jóvenes, se reunieron en las orillas de la laguna para recordarlos. Al amanecer, dos lanzas emergieron de las aguas, ambas estaban entrecruzadas y amarradas por una enredadera. En esta había dos hermosas flores alargadas, una roja como la sangre y otra blanca como la nieve.

Al verlas, las tribus rivales comprendieron lo que sucedía, se reconciliaron y decidieron bautizar las flores como copihues, en honor a la unión de los enamorados.

Otra versión, que empieza y termina de la misma manera, señala que fueron los padres de ambos jóvenes -Copiñiel, el jefe de los pehuenches y padre de Copih, y Nahuel, jefe mapuche y padre de Hues- los que se enteraron del romance y los fueron a buscar, cada uno por su lado, hasta la laguna donde estaban los enamorados.

El padre de Hues, cuando vio a su hija abrazándose con el pehuenche, arrojó su lanza contra Copih y le atravesó el corazón, matándolo. Luego, el príncipe pehuenche se hundió en las aguas de la laguna. El jefe Copiñiel hizo lo mismo con la muchacha, la que, sin vida, se sumergió.

Ambas tribus lloraron por mucho tiempo, pero decidieron reunirse en la laguna para recordarlos. Así, al amanecer vieron emerger desde las aguas  dos lanzas entrecruzadas. Estas estaban enlazadas por una enredadera, y de ella colgaban dos grandes flores, una roja y otro blanca. Así, decidieron llamar a esta flor Copihue.

La leyenda de Pehuencura

Se dice que en el sector comprendido entre la cordillera de las Raíces hasta el valle del río Cautín, habitaba un hombre gigantesco, al que los pehuenches llamaron Pehuencura, (araucaria de piedra) por su fuerza y tamaño.

A Pehuencura se le atribuye el origen de las fuentes termales de río Blanco que se ubican al pie de la sierra Nevada, pues en ese lugar el gigante tenía su guarida protegida siempre una gran fogata encendida.

Cuando Pehuencura salía a recorrer la zona en busca de alimento, tapaba la fogata con las cenizas de la misma. Así, cuando regresaba, abría el rescoldo y se formaba de nuevo una destellante hoguera.

La Piedra Santa

Es una gran formación rocosa que se ubica a un costado del camino internacional, antes de llegar a Malalcahuello. Se llama Piedra Santa debido a una antigua leyenda pehuenche.

Esta cuenta que en ese entonces Malalcahuello era el lugar de encuentro entre pehuenches y mapuches, y además, el lugar donde los viajeros tomaban un descanso. En una de las viviendas del sector se alojaba un grupo de mocetones, quienes, embriagados por el alcohol, quisieron aprovecharse de la mayor de las hijas del posadero, una hermosa joven llamada Millaray.

La muchacha, asustada, corrió a buscar refugio entre sus padres y hermanos, pero los hombres se lanzaron feroces sobre la familia. Millaray, horrorizada, logró escapar de la casa y corrió sin rumbo, seguida de cerca por el grupo de hombres. De pronto, recordó que muy cerca de allí existía una caverna donde se escondió.

Sus perseguidores llegaron a la entrada de la caverna; Millaray, viéndose perdida, y en una acción desesperada, lanzó un estridente grito de auxilio, sin saber que este tendría un inesperado eco.

Los hombres, enceguecidos por sus perversas intenciones, no advirtieron la presencia de unos pies enormes, que no eran otros que los de Pehuencura, quien pensó que los gritos de Millaray eran de Maritén, su amada.

-¡Maritén!, exclamó el gigante, y su voz como un trueno reventó la atmósfera estremeciendo todo, desde los volcanes hasta los bosques del valle.
Los malhechores, llenos de miedo, emprendieron la fuga. Pehuencura dirigió su mirada al volcán Lonquimay y con sus fuertes manos quebró la cúspide de esta mole de piedra, la alzó en sus brazos y la llevó hasta la caverna, tapando con ella la entrada, dejando en su interior a Millaray, libre del peligro.

Hecho esto, se dedicó a la persecución de los hombres, hasta que los alcanzó y les dio muerte. Sin embargo, Pehuencura olvidó donde había puesto la piedra robada al volcán, sin poder encontrar jamás la cueva donde se quedó Millaray.

Así, en un lado del camino que lleva a Lonquimay (cerca de Malalcahuello), está la que sería la piedra robada al volcán. Esta ve pasar el tiempo y a los viajeros, tapando la entrada de la caverna que guarda para siempre el cuerpo de la joven Millaray.

La campana hundida en el río Valdivia Respecto de esta campana, existen varias explicaciones. Una de ellas señala que los indios tiraban a las profundidades del río el oro que le quitaban a los españoles en los malones. Esto porque para ellos este metal no tenía ningún valor, y, es más, les recordaba los duros trabajos a los que eran sometidos para su extracción.

Entre las cosas que se volcaron al río hubo una campana de oro, que era parte de alguna de las primeras iglesias instaladas en la zona, las que se caracterizaban por su opulencia. Esta estaría sumergida y son muchos los que la oyen sonar.

También se dice que la campana pudo haber llegado al río producto de la profanación de los indígenas en una destrucción de la ciudad en 1599, o bien, por la llamas en un incendio acaecido en 1910. La campana emite lúgubres sones, que se dejan oír en las noches tempestuosas y que serían tañidos por los dedos descarnados del fraile que aún la cuida. (Versiones basadas en la recopilación de Oreste Plath).

Pichi Juan

Este era un indio que se dedicaba a talar árboles en la espesa selva sureña, la que conocía muy bien. Por ello, a mediados del siglo XIX, Vicente Pérez Rosales vio que Pichi Juan lo podría ayudar en sus planes de encontrar suelos fértiles para los colonos extranjeros que habían llegado a la zona y lo invitó a integrar su caravana de exploración.

Así, junto a los colones, Pichi Juan se internó en los bosques y con su ingenio y sabiduría los ayudó para que no se perdieran, no murieran de hambre o fueran atacados por los pumas.

Él sabía como sacar la miel de los árboles y servírsela con avellanas, cazar y pescar presas para alimentarse, hacer una canoa de un tronco carcomido, hacer mantas de nalca para que la comotiva se protegiera de la lluvia, etc.

En el recorrido se encontraron con un gran bosque milenario que retardaba la ruta y los futuros emplazamientos. Pérez Rosales no quería retardar la colonización y ofreció una buena paga a Pichi Juan para que quemara los bosques que van desde Chan Chan hasta la cordillera. El hombre lo hizo y, pronto, las llamas devoraron todo y durante un mes el sol se oscurece al horizonte. Resultado de estos quedaron campos llanos y arables para los primeros colonos.

Pichi Juan no fue considerado en las ciudades que ayudó a establecer y se dice que se marchó a otros lugares. Nunca más se escuchó hablar de él, de su destino ni de la fecha de su muerte.

Sin embargo, Valdivia, Osorno y Llanquihue lo cuentan en su historia. Y en los márgenes del lago Llanquihue, en el lugar denominado Los Riscos, un cerro lleva su nombre. (Versión basada en la recopilación de Oreste Plath).

Catricura o Piedra Cortada

La Piedra Cortada es una enorme formación rocosa rebanada verticalmente para permitir el paso del actual camino internacional que va desde Lonquimay a Argentina.
Se cuenta que esta piedra antes de su corte tenía marcadas las huellas del paso del gigante Pehuencura, quien desde allí atravesaba el valle para llegar a los bosques de araucarias donde estaba su guarida.

¿Sabías que?

- Se dice también que para calmar a Cai Cai, los sobrevivientes hicieron un Nguill atún.
- El nombre científico del Copihue es Lapageria rosea. Pertenece a la familia Philesiaceae y al género Lapageria.
- El Copihue es una enredadera trepadora siempreverde que alcanza una altura de hasta 4 metros. Sus flores pueden ser de color rojo, rosado o blanco.
- En la Región de la Araucanía existen otras rocas a las que se las llama piedras santas y que tienen que ver con distintas leyendas. Así, están la de Lumaco y la de Huiñilhue.
- Vicente Pérez Rosales plasmó sus experiencias como agente de colonización en un libro que se llamó Memoria sobre la Colonización de Valdivia, en 1852.

Diccionario Icarito

- Imponer: poner una carga, una obligación u otra cosa.
- Refriega: batalla de poca importancia.
- Enemistad: odio entre dos o más personas.
- Horrorizado: aterrado, atemorizado o espantado.
- Lúgubre: muy triste y sombrío.

 

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