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A medio camino entre lo naif y lo anarquista. Así puede definirse la filosofía que inspira a Guerrilla Gardening ("guerrilla jardinera"), un movimiento que gana más y más adeptos en las grandes ciudades de Europa, Estados Unidos y Canadá. De anarquistas tienen la postura contra el poder, la jerarquía y la conciencia sobre el problema de la propiedad de la tierra. Pero su respuesta a esa realidad que les molesta, aunque en algunos casos infringe la ley, está muy lejos de la violencia. Se trata de acabar con los sitios eriazos que afean la ciudad, con los típicos pedazos de tierra descuidados en las calles e, incluso, con los trozos más pequeños de terreno mal aprovechados y en cuyo lugar podría instalarse vida y belleza.
La primera tarea del guerrillero es detectar esos lugares, para luego idear una estrategia que modifique esa antiestética realidad. Acto seguido, éste se contacta con sus pares de barrios cercanos -para eso existen decenas de blogs de voluntarios- y organizan el "ataque". En general, los "combatientes" actúan de noche: llegan en grupo al lugar y cargados de materiales como sacos de tierra, abonos, semillas, plantas y herramientas, entre otros. Si todo sale bien, al otro día, ese pedazo de la ciudad lucirá bien cuidado y en un par de semanas -cuando el riego haya dado resultados- se verán plantas y flores. El objetivo de darle valor al espacio, además, estará cumplido.
En la mayoría de los casos, nadie se opone a esta loable actividad. El problema surge cuando los muchachos se toman espacios descuidados que no son públicos (de allí entonces el nombre de "guerrilla"). Uno de los hitos dentro del movimiento en Europa -y que contribuyó a darle tanta publicidad que el número de voluntarios creció explosivamente- ocurrió en 1996, cuando un comando decidió intervenir en un sitio eriazo de varias hectáreas de la famosa fábrica de cerveza Guiness, en el sur de Londres. Se trataba de un sitio especialmente apetecido por los más radicales, porque representaba todo lo que ellos combatían: una gran multinacional afeando el espacio urbano y acaparando tierras que no usaban, en circunstancias que miles de londinenses de las clases trabajadoras tenían que irse más y más lejos del centro, porque ya no había terrenos a su alcance. Sucedió que más de 500 voluntarios no sólo se dedicaron a arreglar el lugar, sino que se lo tomaron para sí y vivieron en él por medio año, levantando carpas, mediaguas y jardines. Previsiblemente, la empresa terminó expulsándolos y barriendo con todos los vestigios de flores y arbustos que se habían plantado.
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