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Apenas terminó el terremoto, Daniel Espinoza se dirigió a la escuela Las Posillas, al interior de la Séptima Región, ubicada al lado de su casa. “Hasta aquí no más llegamos”, pensó el director y profesor, mientras miraba la edificación de adobe destruida. El diagnóstico de Espinoza fue ratificado por los expertos: la escuela no estaba en condiciones de funcionar.

«Tenía dos salas, una cocina, una oficina y otra salita de integración, donde iba una profesora dos veces a la semana a trabajar con los niños con necesidades especiales. Ella tenía toda su implementación ahí. Los baños de la escuela quedaron inutilizables; estaban recién arreglados», relata Daniel.

Los 11 niños que asistirían a clases a partir del 3 de marzo, se quedaron sin lugar para estudiar y las autoridades comenzaron a buscar una solución, mientras reparaban techumbres y ayudaban a los damnificados.

La respuesta no tardó en llegar. Las autoridades comunales decidieron trasladar a los niños -que van entre primero y sexto básico- a la Escuela de Curanipe o a la Escuela Blanca Bustos Castillo de Chovellén.

«Mamá, no me quiero ir, quiero estar contigo», le lloró César, de 7 años, a su mamá. Los 15 kilómetros que separa a Las Posillas de Curanipe y de Chovellén, y la falta de locomoción diaria, obligaba a que los niños se fueran internos. El profesor también sería trasladado a una escuela más grande, en una zona urbana.

“Estaban aterrados. No se querían ir porque son muy chicos y además todo lo que estaba pasando los tenía con miedo”, recuerda María Isabel Canales, mamá de César.

Fue casi un mes de reuniones y alegatos de apoderados y vecinos. Intentaron que la Junta de Vecinos les prestara su sede, pero la directiva no  accedió.

En la última reunión, a fines de marzo, la situación se zanjó. El director ofreció su propia casa para convertirla en una escuela y las autoridades aceptaron. “Fue un milagro convencerlas”, dice la apoderada.

“Fue un momento tan feliz. Es un profesor que se la jugó hasta el final por sus alumnos y le damos las gracias”, se emociona María Isabel. De inmediato, la comunidad se puso manos a la obra: limpiaron el colegio antiguo para sacar muebles y computadores, y convirtieron la casa del profesor en una escuela.

El living comedor ahora es una sala común (de 12 metros cuadrados), una de las piezas es de orientación y la otra habitación, es la sala de computación que alberga a los cinco computadores que quedaron de los ocho que tenían antes del terremoto.

El alma del pueblo

Daniel transó la comodidad de partir a un sector urbano, por ir a vivir a la cocina de la escuela que botó la catástrofe. Llevó su cama y se instaló. “Ahí no es peligroso porque es una pieza anexa a la escuela y no sufrió mucho”, comenta para tranquilizar.

El profesor, que lleva 18 años trabajando en Las Posillas, no quería separarse de sus niños. “En un pueblo rural el alma es la escuela. Además, los niños son muy chicos para irse y lo importante es el valor que tiene la familia. Y los hubiera echado de menos”, dice.

Los niños siguen con miedo por el terremoto y quieren que se arregle su colegio de adobe para continuar las clases ahí. La escuela será derrumbada y los niños pasarán un largo rato en la casa del profesor. Pero cuando César supo que no tendría que irse a Curanipe o Chovellén, abrazó a su mamá y le dio las gracias.


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