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Evolución del buceo

El buceo deportivo, para llegar a ser lo que actualmente es, ha debido recorrer un largo y lento camino, cuyo origen se encuentra en la prehistoria. Sin embargo, recién a mediados del siglo XX, con la invención de diversos artificios, esta actividad comienza a ser considerada como al alcance de cualquiera. Hasta el año 1950, el buceo estaba reservado para individuos dotados tanto de habilidades acuáticas muy especiales, como de un espíritu de aventura y riesgo no muy común para la mayoría de los seres humanos.

Los orígenes

No es descabellado afirmar que los orígenes del buceo se remontan a los orígenes de la propia humanidad. Es fácil imaginar a los primeros hombres zambulléndose en las aguas, aguantando la respiración, luchando por descender unos pocos metros y resistiendo con coraje el temor a lo desconocido, incrementado por la fatal de visión que increíblemente tenían en un fluido transparente.

¿Qué empujaba a aquellos hombres a introducirse en un medio hostil?

Sin duda tres importantes motivos, propios de la naturaleza humana, empujaron a nuestros antepasados a dar ese primer paso crucial que nos ha llevado hasta nuestros días. La búsqueda de alimentos, la de elementos suntuarios (perlas, coral, conchas, etc.) y por último, la más humana de todas, la curiosidad. Todo lo anterior queda englobado en la prehistoria del hombre.

¿Cuándo empieza la historia del buceo?

Los hallazgos arqueológicos, en Asia Menor y Egipto, de ornamentos de nácar (4500-1500 a.C.) y joyas con incrustaciones de perlas en Babilonia y Tebas, en épocas similares, indican que el hombre ya desarrollaba actividades que requerían que se sumergiese. El bajorrelieve hallado en las ruinas del palacio del rey persa Asurbanipal II (880 a.C.) pone de manifiesto el uso militar de los buceadores.

Los polinesios

La pesca submarina es un hecho corriente y se practica desde hace siglos en todo el ámbito del Océano Pacífico, por ciertas razas polinesias. Desde hace centenares de años, estos polinesios usan unos primitivos pero prácticos lentes submarinos, los que están formados por un armazón de madera provisto de una lámina transparente de carey u otras conchas de tortugas marinas. Son lentes binoculares, es decir, uno para cada ojo, que se adaptan en la órbita del ojo quedando como incrustados en ella, impidiendo la penetración del agua.

El buceo entre los pueblos de la antigüedad

Las primeras noticias históricas acerca de la inmersión que tenemos, nos las proporcionan los escritores clásicos, tanto griegos como romanos.

En el año 168 a. de J.C., el último rey de Macedonia, Perseo, durante las guerras entre griegos y romanos lanzó al mar, después de su derrota en Pidna por el cónsul romano Paulo Emilio, los tesoros de su palacio, cuya recuperación fue debida a los buceadores.

Y plutarco nos refiere la conocida anécdota de la broma que gastó Cleopatra a Marco Antonio. Este se ufanaba mucho de sus grandes dotes de pescador con caña y entonces ella, para humillar el desmedido orgullo del romano, mandó a un buceador a que sujetase un pescado podrido al anzuelo.
En los “Problemas” del gran filósofo Aristóteles se mencionan dos tipos de aparatos de inmersión. La lebeta, palabra griega que significa caldero, es uno de ellos. Esta no es mas que la campana de buzo, cuyo uso es antiquísimo en el Mediterráneo, y consiste en un gran vaso de metal que, en posición invertida, se sumerge en el agua, quedando así aprisionado en su interior el volumen de aire que su capacidad admita. Uno o más buceadores se acomodan en su interior y van efectuando salidas al exterior de ella, regresando nuevamente a la campana cuando tienen necesidad de respirar. El otro aparato que menciona Aristóteles es una especie de tubo respirador, muy parecido al actual Snorkel.

Plinio el Viejo, en su “Historia Natural”, nos cuenta la artimaña que se valían los buceadores antiguos y cuya práctica se ha perdido hoy día. Consistía en llenarse la boca de una esponja empapada de aceite, para soltarlo lentamente mientras nadaban sumergidos. Con esta práctica intentaban mejorar la visión bajo el agua, ya que el aceite, extendiéndose ante los ojos del buceador, modifica el índice de refracción del agua, que es muy parecido al del humor vítreo que baña el globo ocular, y, por lo tanto, causa que la visión con ojo desnudo sea muy defectuosa bajo el agua.

El buceo en las antiguas guerras

Herodoto nos ha conservado uno de los primeros relatos sobre el arte de la inmersión. Es la historia de un padre y su hija, Escilias de Escione y Ciana quienes, después de haber cortado las amarras de la flota persa acaudillada por Jerjes, recorrieron bajo las aguas la enorme distancia de 80 estadios (14,800 metros), para llegar a reunirse con la flota griega que se encontraba en el cabo de Artemisión. Obviamente tanto Escilias como su hija debieron disponer de algún tipo de aparato de inmersión autónoma o, al menos, de un tubo respirador.

Tucídides, otro eminente historiador griego, nos refiere una curiosa historia de buceadores en uno de los capítulos de su “Historia de la Guerra del Peloponeso”. Al parecer, la ciudad de Siracusa tenía la parte interior de su puerto defendida por una estacada que cerraba su acceso. Los griegos, que la sitiaban por mar, decidieron aserrar esta defensa y para ello enviaron varias embarcaciones con buceadores. Estos se sumergieron y desde tan ventajosa posición, ya que no podían ser vistos por los siracusanos, aserraron la estacada. Del mismo Tucídides es la historia del aprovisionamiento de víveres por vía submarina a los espartanos, que se encontraban sitiados por los atenienses en la isla de Esfacteria.

Y durante el asedio de Tiro por Alejandro Magno también intervinieron los “kolymboi”, es decir, los buceadores, según el relato de Quinto Cursio.

De la Edad Media al Renacimiento

La Edad Media vivió totalmente de espaldas al mar.¨Unicamente el reino insular de Sicilia, tan abierto a la influencia árabe, conservó su familiaridad con el mar en Occidente. Es en esta época oscura y poco marinera donde encontramos al extraordinario buceador Nicolás, apodado “el pez”, que alcanzó mucha fama por sus proezas submarinas. En su balada del “Buceador”, el gran poeta alemán Federico Schiller nos ha conservado su recuerdo. Encontramos también a este personaje, bajo el nombre de “Peje Nicolao”, nada menos que en el “Quijote” de Cervantes.

En el Renacimiento, encontramos bocetos de Leonardo da Vinci que muestran ingenios para el buceo. Uno de ellos representa la cabeza de un buceador provista de un tubo respirador idéntico a los actuales. Otro representa unas aletas natatorias, aunque para las manos, y no para los pies.
Posteriormente, el padre Borelli representó a lo que pudiera ser el primer buceador autónomo de la historia, provisto de unas aletas en los pies terminadas en garras, para adherirse al fondo del mar.

Época moderna

En 1866 Rouquayrol-Denayrouse patenta el primer regulador para equipos abiertos, pero fracasa debido a limitaciones tecnológicas. En 1937 los alemanes Klingert y Siebe patentan la primera escafandra verdaderamente funcional , a la cual se le suministraba aire desde la superficie a través de un largo tubo que simulaba un cordón umbilical.

Terminada la Segunda Guerra Mundial e incluso durante la misma, esforzados precursores fueron apareciendo en las diversas costas de Europa: el doctor Piroux en Antibes; Kramarenko en Niza; Broussard y el doctor Chenevée en Cannes; Fréderic Dumas en Sanary; los comandantes Tailliez y Jacques-Yves Custeau, que no tardaron en unirse a Dumas, para formar el equipo inolvidable de El Mundo del Silencio.

En 1936 se empezaron a fabricar en Francia las gafas binoculares Fernez, destinadas a proteger del largo contacto con el agua salada a los ojos de los buceadores, que terminaban casi siempre muy irritados. Estas gafas representaban el inconveniente de incrustarse en las órbitas de los ojos, lo que hacía muy doloroso su uso. Alec Kramarenko construyó una máscara de un solo vidrio, pero que no cubría la nariz. Para evitar que la presión aplastara la máscara contra la cara, Kramarenko le insuflaba aire con una pera de goma conectada a la misma, manteniendo su nariz obturada por unas pinzas. Luego surgieron las máscaras con dos bolas de goma, una a cada lado, que equilibraban la presión automáticamente.

Pero la verdadera solución consistía en una máscara que encerrase ojos y nariz: insuflando aire por esta, la presión se equilibraba perfectamente. Philippe Tailliez se construyó una lunette de estas características. Otra gran innovación introducida por Tailliez fueron las aletas natatorias. Las primeras aletas de caucho, patentadas por Louis de Corlieu en 1933 aparecieron en el mercado francés en 1935. A su vez, el norteamericano Owen Churchill las introdujo en California, y se pasó ocho meses estudiándolas y mejorando su diseño. En realidad la primera idea sobre las aletas fue concebida por el propio Churchill hallándose en Tahiti, donde vio unos pescadores submarinos indígenas que nadaban con aletas de palma.

Recién en 1944 el ingeniero Emile Gagan y Jacques-Yves Custeau desarrollan el primer regulador de demanda eficiente y seguro, que permite al hombre moverse en las profundidades con absoluta libertad.

Posteriormente, en la década de los 50, los experimentos precontinentes de Custeau y Sealab de G. Bond demuestran que el hombre puede vivir meses bajo la superficie en estado de saturación.
Pero es durante la década de los 60 cuando se logran avances impresionantes en la fisiología y la técnica que permiten al hombre respirar mezclas gaseosas y le dan la oportunidad de alcanzar límites, hasta el momento insospechados, de 400 metros de profundidad.

Como se ha visto, uno de los personajes más importantes en la historia del buceo, y quizás el más importante, es Jacques-Yves Custeau, no solo por los ingenios y artefactos inventados por él, sino porque ha sido el principal promotor del submarinismo de todos los tiempos. Sus travesías en el Calypso recorrieron los televisores de todo el mundo, mostrando un mundo desconocido hasta hacía pocos años. Millones de buceadores de todo el mundo le deben a él su pasión por el mar y sus profundidades, el respeto por la vida marina y el amor por el conservacionismo. Incansable en su tarea científica, muestra en libros y documentales algunas de las maravillas de este mundo tan sugestivo como misterioso; acicatea la curiosidad e incentiva la fantasía de todos los que alguna vez soñamos con emularlo en sus aventuras submarinas. Este ecologista precursor de un estilo propio impuso la modalidad del Gorro Rojo como distintivo universal de todos los que amamos el mar y sus secretos.

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