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Al igual que 33 años atrás, don Bernardo quiso hacer un balance de su vida y de igual forma, como cuando era un niño, no quiso pensar en el futuro.

Esta vez, sin embargo, para consuelo de su espíritu no iba solo. Lo acompañaban su madre, doña Isabel, su hermana Rosita, su pequeño hijo Pedro Demetrio, que hasta entonces lo había mantenido oculto, y tres niñitas indígenas que don Bernardo había adoptado.

En su hijo veía su propia niñez, solitaria, triste y se prometió no cometer los mismos errores en que su padre incurriera.

Seis meses habían transcurrido desde su abdicación y sólo ahora había logrado que el Gobierno le diera su autorización para abandonar Chile.

Los carrerinos había sido los más férreos opositores y no aceptaban se le dieran autorización para abandonar el país.

No querían ver partir a O’Higgins con una imagen irreprochable. Lo señalaban públicamente como el responsable directo del fusilamiento de los tres hermanos Carrera y del alevoso asesinato de Manuel Rodríguez en Tiltil.

Pero ya todo esto quedaba atrás, y el 28 de julio, once días después de haber zarpado desembarcaba en el Callao, instalándose en la propiedad que años antes ocupara en Lima su amigo San Martín.

Aunque O’Higgins rechazó sueldos y demostró indiferencia por el mando político, no por ello dejó de seguir con viva inquietud el desarrollo de los acontecimientos. Meses después se trasladaba a Trujillo, junto a su familia, para instalarse cerca del Libertador Simón Bolívar que a la sazón se encontraba enfermo en el lugar.

No pasaron dos meses sin embargo, ante que O’Higgins decidiera ponerse bajo las órdenes de Bolívar para ayudar al Libertador a sacar al Perú de la anarquía en que se encontraba.

Sin embargo, un nuevo contratiempo detuvo a don Bernardo y debió quedarse en Trujillo. Acosado por una fiebre, mientras Bolívar partía a la Sierra a organizar un gran ataque contra el Virrey La Serna.

Apenas convaleciente, nuevamente ofreció sus servicios a Bolívar quien prontamente le respondió: «Un bravo general como usted; temido de los enemigos, no puede menos que dar un nuevo grado de aprecio a nuestro ejército. Por mi parte ofrezco a usted un mando en él…»

La tarde del 9 de julio, se despedía de su madre en Trujillo y partía a reunirse con el Libertador. Un mes después de duras caminatas por cordilleras y valles, O’Higgins y su gente llegaba a la llanura de Junín donde unos días antes Bolívar había vencido a la caballería enemiga.

Esto sólo aumentó el nerviosismo del general chileno que no podía resignarse a estar fuera de las líneas patriotas y con escasos descansos prosiguió la marcha en medio de grandes fríos. El 18 de agosto alcanzaba por fin a Bolívar.

El recibimiento de éste fue afable, sin embargo el cargo dado no fue más allá de lo que le otorgara la mera cortesía.

El Libertador no hizo nada por confiarle un puesto de responsabilidad como le había prometido.

A don Bernardo no le importó, estaba dispuesto a servir como el último soldado en jerarquía, porque participar en esta campaña constituía para él una honra y además un deber como chileno.

O’Higgins ya tenía más de 45 años y su salud estaba resentida, sin embargo aún escribía a su madre lleno de entusiasmo. «No obstante las penosas marchas que he hecho por ardientes arenas, heladas cordilleras, mi salud está mejor que nunca y mis deseos jamás han sido tan grandes de alcanzar a los enemigos…»

Sin embargo, su espada debió permanecer inactiva por que el 18 de diciembre se proclamaba en Lima la independencia del Perú, con el golpe de gracia dado por Bolívar al poderío español, en Ayacucho.

Esos dos amores…

1825 sorprendió a O’Higgins dedicado una vez más a las labores de la tierra en su hacienda de Montalván.

Ajeno a la política, tuvo tiempo de pensar en su vida personal y sentimental estimulada por la presencia de su hijo Pedro Demetrio que crecía bajo los cuidados cariñosos de doña Isabel.

Sólo dos mujeres habían dejado huella en él: doña Rosario Puga, que luego del nacimiento de Pedro Demetrio continuó con su vida cortesana en otros brazos porque O’Higgins sólo había sido un mero episodio en su vida. Y Carlota Eeles, aquella inglesita de Richmond, hija del dueño de la pensión donde pasó sus años de estudiante y que fuera su amor y confidente en horas tan difíciles.

Estimulado por ese recuerdo había escrito a la madre de Carlota y ella le había contestado. «Vivo pobre y con la salud quebrantada por los continuos pesares. La muerte de mi esposo inició el derrumbe de la familia y mi bella hija no pudo nunca soportar el rudo golpe. Ella rechazó todo ofrecimiento de matrimonio y retuvo hasta el último un gran cariño por usted».

Poco tiempo después pudo don Bernardo dedicarse a sus ensoñaciones. Hasta la apartada hacienda comenzaron a llegar noticias nada tranquilizadoras de su país.

«El ejército indisciplinado, la hacienda pública en bancarrota, la nueva Constitución Política en completo fracaso, las facciones luchando unas contra otras, y en medio de todo esto, el Presidente Freire imponente para contener el derrumbe», le escribían sus amigos al mismo tiempo que los instaban seriamente a regresar para ponerse al frente de los descontentos.

Sin embargo, O’Higgins quería la rehabilitación de su prestigio ante la opinión pública y esperaba que así se le reconociera.

Fue tanta la insistencia de sus amigos, que don Bernardo acabó por creer que su deber ineludible como patriota era introducirse nuevamente en la política. La llegada de don Pedro Aldunate, su amigo personal, acabó por convencerlo.

Un Cabildo Abierto y después una asamblea provincial, desconocían el Gobierno de Freire para poner en su lugar a O’Higgins, a quien invitaban a reasumir el mando bajo el imperio de la Constitución de 1818.

Una supuesta insurrección en Chiloé permitiría que desembarcara allí O’Higgins para marchar a la capital.

Sin embargo, todas las doradas esperanzas se desvanecieron de súbito y una vez más don Bernardo O’Higgins fue puesto en el tapete de los acusados.

El Presidente Blanco Encalada, juzgando a O’Higgins conspirador contra el orden y la integridad de la patria, pidió al Congreso que lo declarara fuera de la ley. Sólo la oratoria de don José Miguel Infante le impidió tan humillante afrenta.»Cualesquiera que sean las faltas y los errores de ese hombre, cuya política interna yo he condenado y condeno, no debemos olvidar que él fue el fundador de nuestra independencia», alegó Infante.

Los siguientes años del prócer en el destierro estuvieron dedicadas a su trabajo en la hacienda Montalván. Las numerosas tentativas de sus seguidores fueron en vano para lograr su regreso y los años se fueron pasando a la espera de ese instante.

La situación en Chile, la Guerra Civil, los fracasos de los gobiernos, el caos y la anarquía en la joven república sólo contribuían a avivar la nostalgia de O’Higgins.

Los apremios económicos lo obligaban a dedicarle cada vez más tiempo a sus tierras que parecían negarle la generosidad de sus frutos.

Con los años a O’Higgins ya no le interesaba retomar el mando como antaño, pero si retornar a su país.

En el retiro de su hacienda, O’Higgins contempló con tristeza cómo iba consumiéndose su vida lejos de Chile y cómo se desintegraba la tierra tan lejana que él ayudó a liberar.

Hacia 1838 y próximo a cumplir los 60 años, la vida de O’Higgins oscilaba entre las plantaciones de caña de Montalván y la colocación en el mercado de la ciudad de los productos de la hacienda.

Para eso tenía junto a su morada un almacén que regentaba su hermana Rosita y en el cual trabajaba como dependiente su hijo Pedro Demetrio transformado ya en un joven de 20 años. La familia la componían además las indias pehuenches que él adoptara siendo niñas y que se trajera cuando viajó desterrado al Perú.

Con los hijos de estas «chinitas», don Bernardo jugaba a ser abuelo prodigando todo tipo de cuidados y cariños a los pequeños varoncitos indígenas.

Aún cuando la nostalgia de la patria solía aflorar más de una vez en las conversaciones, don Bernardo parecía resignado ya a dejar sus huesos en tierras peruanas por lo que sin dificultad accedió a la venta de su hacienda Las Canteras en Chile.»Tengo ganas positivas de ver la Alameda de la Independencia- escribía emocionado- que la hice plantar con el especial fin de que celebrase en ella la función de nuestro primer paso dado hacia este gran fin».

La muerte de su madre, en 1839, no hizo más que sumirlo cada vez más en una profunda melancolía. Aunque su espíritu seguía firme, su cuerpo ya era el de un anciano. Altas fiebres lo consumieron dejándole la mente y el cuerpo más cansados.

Sólo el aviso en el mes de septiembre que se le había reintegrado su título de Capitán General, logró sacarlo de su abatimiento. Por fin se veía cumplido su anhelo de tantos años, gracias a don Manuel Bulnes.

Su salud se mantuvo firme hasta donde se lo podían permitir sus 64 años, pero al acercarse el verano, una angustia comenzó a oprimirle el pecho. Ya no pudo montar a caballo ni tener agitación de ninguna especie.

Una hipertrofia al corazón diagnosticaron los médicos, pero no le importó. La muerte no lo había asustado nunca y menos ahora en que la vida poco o nada podía ofrecerle fuera de su anhelado regreso a Chile.

Por fin llegó el llamado de la patria a través de Bulnes recién nombrado Presidente y de inmediato se dispuso a embarcar el 27 de diciembre en el vapor Chile.

Todo lo había preparado para la ocasión. Desde la casaca nueva de capitán general que le permitiría asistir a las ceremonias oficiales, hasta el texto de la proclama con que se despediría de los peruanos que le dieron tan largo y generoso hospedaje.

Sin embargo, un fuerte ataque al corazón le impidió embarcarse y nuevamente debió esperar que su organismo se recuperara. Febrero fue la siguiente fecha en el vapor «Perú». Pero nuevamente se repitieron los síntomas impidiéndole su propósito.

En octubre, don Bernardo aún luchaba contra su propio organismo que le impedía el regreso y que lo distanció definitivamente de Chile.

El 8 de octubre don Bernardo presintiendo su muerte hizo llamar al notario y ante él extendió su testamento en el que instituyó a doña Rosita heredera de todos su bienes que restaran después de cubiertos ciertos encargos secretos.

El más importante de éstos era el de entregar buena parte de su haber a Pedro Demetrio que como hijo adulterino quedaba excluido de la herencia legal.

En su dormitorio hizo improvisar un altar en el que todas las mañanas se decía misa mientras en el resto del día escuchaba una y mil veces el oficio de los moribundos.

La mañana del 23 de octubre en su cuerpo sintió energías renovadas. Se hizo vestir y colocar en un sillón próximo al lecho, pero las fuerzas lo abandonaron y pronto fue preciso recostarle nuevamente.

Rosita, Pedro Demetrio y Petronila, su india adoptiva lo rodearon. Apenas si se oyó la respiración entrecortada y un último balbuceo:»¡Magallanes!». Y después cayó un pesado silencio.

EL 24 de octubre, a los 64 años, lejos de su patria, partió a la inmortalidad el Libertador de Chile.

 


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