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Con una ubicación geográfica privilegiada, la sociedad egipcia no solo logró desarrollar un importante poderío territorial, sino que también se convirtió en un pueblo avanzado culturalmente, de cuyos legados aún se conservan vestigios, como es el caso de las monumentales pirámides.

El río Nilo determinó el género de vida de los egipcios. Las tribus errantes llegadas allí, debieron reunir sus esfuerzos, agrupar a sus habitantes en puntos elevados y construir diques para defenderse de las periódicas inundaciones. Para alimentarse, hacían las siembras en el lodo o cieno del río. Así adquirieron la costumbre de cultivar la tierra y vivir en sociedad, fundaron pueblos y ciudades a lo largo del Nilo, y llegaron a organizarse pequeños estados, llamados nomes. Orgullosos de sus antepasados, los egipcios pretendían que en los primeros tiempos habían sido gobernados por los dioses.

Los nomes se agruparon poco a poco, formando dos grandes estados, correspondientes a las dos grandes regiones egipcias: el bajo Egipto o país del norte, más cercano al mar, cuya población principal fue Menfis, y el alto Egipto, o país del sur, más lejos del mar, cuya capital fue Tebas. Los dos estados terminaron por confundirse, y los jefes de los nomes pasaron a ser vasallos del faraón, es decir, del rey de Egipto unificado. A los reyes se les atribuyó un carácter divino, y de aquí que los faraones fueran considerados como hijos de dios.

Período Predinástico

Los ascendientes de los egipcios fueron pueblos nómades del norte del continente africano y semitas de Asia, quienes, agrupados en clanes, migraron y se instalaron a orillas del río Nilo hacia el 5.000 a.C., convirtiéndose en sedentarios y agricultores. Se distribuyeron a lo largo del Alto Egipto y el Bajo Egipto.

Un don del Nilo

El río Nilo nace en el centro de África, en los lagos Victoria, Alberto y Eduardo, y corre con orientación sur-norte. Es uno de los más largos del mundo, pues tiene un curso de 6.677 kilómetros. Egipto se desarrolló en la parte que se extiende desde la primera catarata hasta la desembocadura, con una extensión de unos mil kilómetros. En esta zona las precipitaciones son escasas, pero el Nilo proporciona el agua que convierte al valle en un fértil oasis y sin la cual no habría existido la civilización egipcia.

Año a año, entre junio y octubre, el clima tropical provoca abundantes lluvias y deshielos desde las montañas, lo que hace aumentar enormemente su caudal. En estas crecidas las aguas cubren las tierras y depositan un barro que actúa como fertilizante, conocido como légamo, fundamental para la agricultura en el pasado. En la actualidad, las aguas del Nilo son almacenadas en represas y la agricultura no depende ya exclusivamente de las crecidas anuales.

Construcción de pirámides

Las pirámides egipcias son de base rectangular, con lados triangulares que se encuentran en un punto. Se desarrollaron en el período de la IV Dinastía y constituyen verdaderos complejos funerarios cuyo fin era proteger los cuerpos de los faraones y facilitar su paso a la eternidad. La más antigua fue construida por el faraón Zoser (hacia 2.630 a.C.) y es conocida como la pirámide escalonada de Saqqara.

Son mundialmente conocidas las tres pirámides de Gizeh, obras de los faraones Keops, Kefrén y Micerinos. La construida por Keops, conocida como la Gran Pirámide, es considerada una de las siete maravillas del mundo antiguo. Cubría 5,26 hectáreas y originalmente medía 234 metros de lado y 147 metros de altura. Está compuesta por 2.300.000 bloques de piedra caliza.

Imperio o Reino Antiguo (3.100-2.160 a.C.)

A finales del cuarto milenio, el rey Narmer, del Alto Egipto, conquistó el norte y unificó los reinos del Alto y Bajo Egipto, fijando su capital en la ciudad de Menfis. Así se formó el primer Estado en la historia de la humanidad, iniciándose el cómputo de las dinastías, o sea, de la serie de reyes pertenecientes a una misma familia, que ha servido para organizar el estudio de esta civilización.

Las dos primeras dinastías son llamadas tinitas por proceder de un lugar del alto Egipto llamado Tinis, y llevaron al pueblo egipcio a un periodo de gran prosperidad económica. En la III Dinastía destacó el rey Zoser, con quien se inició la costumbre de construir pirámides como tumbas reales. En la XVIII Dinastía el rey de Egipto comenzó a llamarse faraón, término que significa “gran casa” o “lugar del templo”, refiriéndose con él al palacio y no al morador principal. Sin embargo, por costumbre se llama faraones a los reyes de Egipto desde las primeras dinastías, aunque en su época no se les conociera con ese nombre.

Los faraones sucesores de Zoser (Snefru, Keops, Kefrén y Micerinos) quisieron asegurarse la inmortalidad. Por ello, en el periodo de la IV Dinastía (2.613 a.C.), iniciada por Snefru, se inició la construcción de pirámides. Esta dinastía es también recordada porque durante ella la civilización egipcia alcanzó su época de mayor esplendor. Entre otras cosas, se expandió territorialmente y se impulsó el comercio marítimo en el Mediterráneo Oriental.

Con la VI Dinastía, el faraón Pepi II propició el traspaso del poder desde el faraón a los gobernadores de las provincias o nomos. Esta medida, más las invasiones asiáticas y las revueltas populares, provocaron, al final de este reinado, un gran desorden popular y la desorganización política.

Los faraones de las cuatro últimas dinastías del Reino Antiguo nada pudieron hacer para remediar el caos. Este periodo se conoce como Primer Periodo Intermedio (2.200-2.040 a.C) y dejó como legado un gran número de textos literarios que manifiestan la desesperanza con que los egipcios veían el trastorno de su mundo, antes estable y ordenado.

Imperio o Reino Medio (2.040-1.786 a.C.)

Después de una larga etapa de confusión y guerra civil, hacia el 2.000 a.C. la salvación de Egipto vino de manos de la XI Dinastía, originaria de la ciudad de Tebas. Esta dinastía marcó uno de los momentos de mayor esplendor del Egipto antiguo y contó con importantes faraones, como Amenemhet I, Sen-Usret I, Amenemhet II, Sen-Usret II y Amenemhet III. Todos ellos emprendieron campañas militares victoriosas y condujeron al pueblo egipcio a su edad de oro.

Durante la XIII Dinastía se produjo la desintegración del Estado, lo que provocó que, hacia la XIV Dinastía, los hicsos (término que significa ‘señores de los países extranjeros’, probablemente de origen semita) invadieran Egipto. Los faraones de la XVII Dinastía de Tebas, conocidos como tebanos, emprendieron la reconquista y lograron vencer a este pueblo invasor. El período entre las dinastías XIII y XVII se denomina Segundo Periodo Intermedio (1.786-1.567 a.C.)

Evolución de una civilización

Los egiptólogos, especialistas que estudian esta civilización, han dividido su historia en los siguientes períodos: Predinástico, Imperio o Reino Antiguo, Imperio o Reino Medio, Imperio o Reino Nuevo y Decadencia.

Cabe señalar que después del Imperio Antiguo se sitúa el Primer Periodo Intermedio, y entre el Imperio Medio y el Nuevo está el Segundo Periodo Intermedio. El periodo de la Decadencia también se suele llamar Tercer Periodo Intermedio.

Imperio o Reino Nuevo (1.567-1.085 a.C.)

Ahmosis I, de la XVIII Dinastía, logró expulsar definitivamente de Egipto a los hicsos y pudo restablecer el gobierno. Sus sucesores, Amenofis I y Tutmosis I, lograron extender las fronteras del imperio e iniciaron una nueva época de esplendor. Luego vino un periodo de confusión que terminó con el gobierno de Tutmosis III, que llevó el dominio egipcio hasta el río Éufrates. Egipto se convertía así en el imperio más importante de Oriente.

Durante los dos reinados siguientes se vivió una época de paz. Amenofis IV llevó a cabo una reforma religiosa que consagraba a Atón como único dios, y por ello trasladó la capital a la ciudad de Aketatón. Su sucesor, Tutankamón, se vio obligado a restablecer el culto tradicional, porque los sacerdotes del dios Amón y el pueblo se opusieron a la reforma anterior. Con Ramsés II la ciudad de Tebas alcanzó una gran prosperidad. Representó el último gran momento de Egipto.

Menefta, de la XIX Dinastía, se enfrentó a los libios y a los pueblos del mar (pueblos de Asia Menor y los aqueos) que amenazaban a Egipto. Ramsés III logró rechazar a estos pueblos y mantuvo la paz por algunos años; pero el imperio ya estaba debilitado y había perdido su influencia en el Cercano Oriente.


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