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Veamos algunos de nuestros típicos personajes:

El suplementero

Entre los vendedores de diarios hay hombres, mujeres y niños de ambos sexos. Su historia comienza con la guerra de 1879 que impuso un sistema de noticias, de informaciones periodísticas y dio origen al chilenismo suplemento, hoja volante editada por los diarios como necesidad de anticipar una novedad. El suplemento constituyó, en los días de la guerra, la información concisa, agitadora o tranquilizadora. El reparto del suplemento se confió a muchachos ágiles, entusiastas, que corrían por las calles gritando: ¡Suplemento de El Ferrocarril!, ¡La Reforma!, ¡La Libertad!

El primer suplemento de guerra apareció con el Combate Naval de Iquique y correspondía al diario La Patria, de fecha 25 de mayo, o sea, cuatro días después del combate; así andaban de lentas las noticias. Y este día, innegablemente, nace el gremio de suplementeros.

El suplementero se convierte en un personaje de las calles del país. Los ha habido de pomposos nombres o cariñosos apodos y los que daban a conocer a voz en cuello los titulares. Su voz clara o ronca llama la atención a lo largo de todo Chile, donde parece cambiara de matices. Los suplementeros santiaguinos se caracterizan por sus gritos o pregón, que consiste en dilatar las vocales.

El suplementero siempre anda de carrera y se detiene apenas para entregar el diario al cliente, recibir el pago y dar el vuelto. Sube a los vehículos de transporte colectivo en los paraderos y rara vez continúa hasta el otro paradero, sino que se baja sobre la marcha.

El motero

Los quechuas llaman al maíz hervido mot’e, mut’i. Los mapuches usaron la palabra muthi o muti, para el maíz o trigo cocido. Hay que recordar que el trigo llegó en 1541 con doña Inés de Suárez. Hoy se entiende por mote, tanto el grano de maíz como el de trigo cocido y pelado.

El trigo intervino en la comida del indio, como una nueva harina, como mote y después se funde en la llamada comida nacional. El mote se prepara en postre y en bebida y cuando así se hace se llama Mote con Huesillo.

Sabor típicamente chileno, el mote con huesillos es un postre antiguo, de textura suave y más bien líquido, que resulta especialmente consolador y sabroso en las temporadas de mayor calor. Es común en casas y restaurantes, pero vendido en la calle, bajo la leyenda de «Al Rico Mote con Huesillos» y servido en gruesos vasos de vidrio, alcanza su dimensión más autóctona.

El hojalatero

Este era el pregón del hojalatero en el anochecer colonial: «¡El Hojalatero!¡Bacinicas le hojalata muy baratas!». El hojalatero se hizo un personaje típico que recorrió las calles por muchos años, acompañado de un caldero —cocinilla tubular—, un cautín, soldadura, soda cáustica, ácido muriático y trozos de cinc.

Al grito, al pregón de ¡Hojalatero!, aparecían las dueñas de casa para hacer soldar, tapar los portillos de cuanto tiesto roto había, y ahí, al lado afuera de la puerta en la solera de la vereda, se sentaba a trabajar. Este era el hojalatero ambulante. También había el otro, cuyos procedimientos de trabajo eran esencialmente manuales, pues hacía piezas de hojalata: como cafeteras, embudos, coladores, regaderas, cántaros, espumadores.

En el invierno, su oficio cambia un poco, se convierte en arreglador de paraguas, suelda varillas, arregla techos; parcha goteras; es ésta una forma de defenderse económicamente.

Lustrabotas

En casi todas las Plaza de Armas se encuentra a este característico personaje, amable, con la picardía del chileno, que sabe de todo lo que ocurre en los alredores, profundo conocedor de la ciudad, del acontecer político, deportivo, un informador de cuanta cosa que se le pregunte, expresado a su manera y en lengua criolla.

Fotógrafo de la plaza

Hasta la década del 70 toda plaza chilena contaba con su fotógrafo, pero los tiempos cambiaron, ahora sólo quedan aquellos que no conciben su vida sin ese completo laboratorio dentro de cajas oscuras. Verdaderas reliquias en este arte se instalan alrededor del Cerro Santa Lucía, Plaza de Armas de Santiago, Plazas de Valparaíso, Concepción y no se sabe en cuantas más a lo largo de Chile. Hoy se impone la modernidad de las cámaras que entregan fotos instantáneas.

Personajes típicos de La Colonia

Antiguamente, el comercio no era como tú lo conoces actualmente, donde existe el comercio establecido con tiendas y malls en los que puedes comprar todo lo que quieras. Antes, en las ciudades desde temprano en la mañana, múltiples vendedores ambulantes recorrían las calles de Santiago, ofreciendo sus productos. Los transportaban a lomo de mula en grandes cajas de cuero o canastos e iban de casa en casa a venderlos. Allí les compraban carnes, hielo traído de la cordillera, brevas y sandías, pasto para los animales, dulces y leches, velas e incluso agua.

Muchos de estos personajes todavía recorren las calles de Santiago, aunque han variado sus características.

Velero

Vendía velas para iluminar las casas, ya que en esa época todavía no había luz eléctrica. La velas eran de sebo y se hacían a mano en forma artesanal. Este personaje las llevaba colgando de un palo amarradas por la mecha y cuando las vendía las cortaba.

Lechero

Llevaba la leche en dos tarros llenos, cargados en una mula o caballo. Pasaba por la calles ofreciéndola y de las casas salían las mujeres con los jarros para que se los llenara con leche recién ordeñada.

Aguatero

Se desplazaba a caballo llevando agua en un barril, la que vendía entre los vecinos. Antiguamente no existía agua potable limpia para beber y cocinar, por lo que este personaje era muy importante en la vida de las personas.

Panadero

Iba en una mula o a caballo con dos grandes canastos a los lados donde llevaba pan fresco. La gente salía de las casas a comprarlo. Actualmente en algunos barrios pasa un señor en un carrito vendiendo pan, este sería el equivalente al antiguo panadero.

Sandillero

Vendía pedazos o sandías enteras en la plaza o en las ferias. Era muy solicitado por la gente, sobretodo en los días calurosos en que un sabroso trozo de esta fruta era muy apetecido.

Motero actual

Otro personaje característico y muy popular como comerciante callejero es el motero. Cuando su nostálgico grito se oía en las noches, quedaba retumbando como un eco. Comúnmente era un individuo que vivía en las afueras de Santiago y hacía su entrada a la ciudad, especialmente en las noches de otoño e invierno, con un canasto colgando del brazo, cuyo contenido iba cubierto por albos paños que resguardaban el calor de los variados productos que vendía.

Porque no sólo mote de maíz o «motemei» transportaba el motero. En el canasto había también castañas, camotes cocidos, piñones, etc. Este personaje, para iluminar su camino llevaba un farol de confección casera con una vela en su interior.

En medio del silencio y entre el rumor de la lluvia, se abría paso el pregón: «¡Mote’e mei, pelao el meyo, calentitoooo!» grito con el que el motero anunciaba su producto.

Heladero

El helado que ofrecía este personaje no era como los que tú conoces, en esa época el helado era nieve o hielo picado a los que se le agregaba azúcar y sorbetes de frutas o especias. Lo llevaba en un balde protegido para que no se derritiera y los iba sirviendo con una gran cuchara a los niños que le compraban.

Dulcero

Paseaba por la calles vendiendo dulces y pasteles llevándolos en un canasto de mimbre. Entre los productos que ofrecía, se encontraban dulces hechos de merengue o alfajores.

Organillero

Un personaje típico de los barrios de Santiago era el organillero. Se lo veía pasar con la pesada caja del organillo cargada en la espalda, bien agarrada de la ancha correa que le cruzaba el pecho. En una mano llevaba la jaula con el lorito amaestrado, y en la otra el manojo de elásticos desde donde colgaban pelotas de aserrín forradas con papeles de vivos colores.

Al llegar a una esquina cualquiera, donde sabía que aparecerían muchos niños, descargaba su instrumento, colocaba la jaula sobre él, y al poco rato comenzaba a tocar sus típicas melodías. De inmediato, como por arte de magia, de todas partes surgían los chiquillos como respondiendo a un misterioso llamado.

Junto con ellos también llegaban coquetonas muchachas, quienes, con el pretexto de vigilarlos más cerca, aprovechaban de saber qué les deparaba el destino; porque ése era el importante papel de la lorita: el pajarraco asomaba su cabeza por entre los barrotes y con su pico pescaba uno de los papelitos del pequeño cajón que se habría bajo su jaula.

Cuando el negocio comenzó a decaer, los organilleros introdujeron nuevas atracciones en su oficio. El más común era un mono tití, al cual vestían con diminutas ropas humanas, y que reemplazaba al lorito con sus gracias y piruetas.

Chinchinero

A veces el organillero aparecía acompañado por un socio: el hombre orquesta o chinchinero. ¡Esto sí que era un espectáculo!. Por que no sólo se dedicaba a tocar el bombo y los platillos, sino que bailaba y hacía verdaderas proezas con su «orquesta» a cuestas, saltando incansablemente sobre la improvisada pista. Cuando terminaba su espectáculo pasaba con un sombrero pidiendo una colaboración.

Carrito de sopaipillas

Aunque no tienen un nombre que englobe su oficio, los vendedores de sopaipillas es otro personaje que se ve comúnmente en Chile. En especial durante los meses de invierno y clima frío.

Estos personajes se caracterizan por instalarse en puntos neurálgicos y de alta afluencia de personas, en especial en salidas de Metro, paraderos de buses o terminales.


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