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Venus para los romanos y Afrodita para los griegos, diosa del amor y la belleza símbolo de la femineidad y sensualidad.

Diámetro ecuatorial: 12.104 km.
Elementos constituyentes: Hierro, oxígeno, níquel, magnesio, silicio, aluminio, calcio, uranio, potasio, titanio, manganeso, torio.
Temperatura superficial: 482 grados Celsius
Gravedad superficial: 0,90
Velocidad de escape: 10,3 km./s
Distancia media al Sol: 0,723 unidades astronómicas
Período de rotación: -243,01 días terrestres (movimiento retrógrado)
Satélites: ninguno

La primera observación telescópica de Venus, realizada por Galileo Galilei en el siglo XVII, descubrió en el planeta fases de luminosidad similares a las de la Luna. La evidencia de este hallazgo se contraponía a la teoría geocéntrica del universo, muy en boga por esos días y daba su apoyo a la teoría heliocéntrica de Nicolás Copérnico, que situaba el Sol en el centro del sistema. Por eso, el descubrimiento fue publicado en forma encubierta limitándose a decir que Venus giraba en torno al Sol.

Venus es el segundo planeta del Sistema Solar en relación de distancias del Sol. Por su posición, Venus se ve al atardecer y al amanecer. Por eso los griegos creían en la existencia de dos planetas distintos: Hésperus o luminaria vespertina y Fósfurus o estrella de la mañana. En nuestra civilización se le denomina desde hace mucho como lucero del alba.

El nombre de Venus divinidad romana del amor, no puede ser más contradictorio con las características del planeta, porque aunque Venus es del mismo tamaño que la Tierra, las condiciones de su entorno son muy parecidas a las que imaginamos en un infierno.

Venus está cubierto por nubes de vapor de agua y ácido sulfúrico tan densas que no podemos ver su superficie sin sofisticados sistemas de radar. Las temperaturas en la superficie del planeta sobrepasan los 460 grados Celsius y la lectura de un barómetro alcanzaría una cifra cien veces más alta que en la Tierra.

Dado que la atmósfera es casi completamente de dióxido de carbono podemos concluir que Venus padece de un fuerte efecto invernadero. La radiación del sol calienta la superficie igual que la de la Tierra, pero el calor no puede disiparse a través del espeso capullo de dióxido de carbono y nubes. Incluso por la noche la temperatura apenas disminuye.

 

 

 

 


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