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Quien escuchó el llamado de ayuda fue el Papa Urbano II, quien no solo se interesó por la suerte de los peregrinos y de los lugares donde vivió y murió Jesús, entre ellos el Santo Sepulcro en Jerusalén, ahora bajo el dominio turco, sino que vio la oportunidad de acabar con las luchas que se producían entre los propios europeos, al unirlos ante un frente común.

Efectivamente, al ser exhortados por el Pontífice en el concilio de Clermont, en 1095, a participar en las cruzadas, con la promesa de que serían perdonados todos sus pecados y deudas, y que tendrían nuevas tierras en los territorios conquistados, la multitud reunida aceptó al grito de ¡Dios lo quiere!. Luego, cada uno se consiguió paños rojos que cosieron en forma de cruz sobre sus vestimentas; de ahí la palabra «cruzado» con que se les conoce.

En esa época, el sentimiento religioso cristiano estaba sumamente enraizado en los europeos, encontrando en esta misión el motivo preciso para ser usado como un válvula de escape y, asimismo, para servirse de él por parte de los poderes religiosos y políticos de ese período.

Sin embargo, también cada cual veía en esta empresa la ocasión de mejorar su suerte: los siervos, de alcanzar su independencia; los hijos menores de los nobles, limitados por el derecho de primogenitura (regla de herencia por la cual la tierra pasaba al hijo mayor de la familia), de mejorar su estatus en la sociedad; los señores empobrecidos, de enriquecerse, y los frailes sometidos a los rigores del claustro, la opción validada por la fe de romper ese encierro.

Se admite en general que hubo ocho cruzadas mayores, organizadas por los reinos cristianos y casi siempre por el papado.


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